Despedida de la Maga

Despedida de la Maga

Sobre "Devenires Prosaicos":

Devenires Prosaicos es un espacio por y para la literatura. Un espacio en el que planeo compartir reflexiones, fragmentos, poemas y cuentos. Deseo entonces dejar aquí escritas algunas pequeñas huellas, mis propios trayectos, mis propios devenires ¡Sed bienvenidos a devenires prosaicos!


miércoles, 22 de febrero de 2017

El Mensaje del Ciprés



“Lamentamos informarle que en veinticuatro horas, treinta y tres minutos, y dos segundos usted morirá”. Era la segunda vez que Federico leía el mensaje de whatsapp que, intempestivamente, había interrumpido su trabajo. Le costaba creerlo. ¿Qué clase de broma desagradable era esa? Intentó rastrear el contacto, tenía un perfil privado y en su foto sólo se dejaba ver un ciprés solitario en medio de una pradera negra. Le respondió el mensaje con un insulto y exigiendo una respuesta, pero el pequeño chulito se negaba a desdoblarse. Intentó llamar al número que aparecía en la info del contacto, pero inmediatamente era enviado a correo de voz. ¿Alguna broma de algún amigo? Los llamó a todos: algunos lo tildaron de paranoico, otros, en joda, le dijeron que tal vez era una venganza de una ex insatisfecha. No. No era un amigo, era alguien más.

No pudo dormir en toda la noche a pesar del peso de sus parpados, ciertamente no te amenazan todos los días con tu muerte; aquellas palabras del mensaje se repetían, con un ritmo macabro, en su cabeza como un trombón. Su gato lo acompañaba recostado en silencio, sin entender la preocupación de su amo. Federico se mantuvo en ese estado intermedio entre el mundo onírico y la realidad, pero no soñaba, seguía en su cuarto. Sólo le parecía ver un ciprés muy alto, que danzaba al compás del viento, en la lejanía y en la más absoluta oscuridad.

En la mañana, convencido de que tal vez podía ser una amenaza de muerte fidedigna, acudió a la policía. El comandante, un sujeto de bigote prominente y voz gruesa, le prometió ayudarlo. Así que dispuso de dos hombres para que vigilaran la entrada de la casa. También le aseguró que intentarían rastrear el perfil, pero que debía tener paciencia. Lo tranquilizó un poco diciendo que debía ser una broma de mal gusto que solían ser comunes en las redes sociales, probablemente era algún adolescente con problemas de autoestima. No pasaría nada. Le reiteró una y otra vez. No pasaría nada. Y ya era tiempo de que volviera a su trabajo.

Regreso un poco más calmado y, luego de instalar a los dos policías en la entrada y ofrecerles un tinto, estuvo el resto de la tarde redactando unos informes. Cuando ya caía el sol en las montañas se acordó de la amenaza. Comenzó a dudar si los dos policías serían suficientes. Se fue a la cocina, sacó un cuchillo, el más afilado. No sería tomado por sorpresa. Estuvo ansioso y vigilante, miraba el reloj, pronto se cumpliría el plazo fijado. Sus ojos se posaban de un lado al otro, esperando el momento en que el asesino irrumpiera en su habitación. Intentó que su cobija fuera una suerte de protección invisible contra lo inefable. Nada, ni nadie podría tocarlo.

Al otro día los dos policías entraron y encontraron el cadáver de Federico Gutierrez acostado en la cama, con los ojos cerrados, como si estuviera en un plácido sueño. Había muerto de un ataque al corazón. Afuera, en el jardín, una mano huesuda, envuelta en un manto negro, tecleaba en el whats app: “El sistema de preparación final no está funcionando. Aquel hombre no ha disfrutado sus últimos minutos ¿y si cambiamos el ciprés por un oso de peluche?”

miércoles, 8 de febrero de 2017

537




Me ha tocado el turno quinientos treinta y siete. Tres horas y cinco minutos serán, quizás, tan sólo el inicio que saque a los primeros cincuenta caminantes fuera del escenario y el telón. Sólo sé que tengo quinientas treinta y siete razones para manifestar mi desprecio. Quinientos treinta y siete augurios de que no se abrirán los labios verdes y que, media
nte un corto manifiesto y una falsa danza de papeles ambarinos, se me obligará a abdicar. Para volver luego y volver a empezar el ciclo. Quizás ya no sea el quinientos treinta y siete, sino el cuarenta y cuatro o el doscientos ochenta y dos. Poco importa, si se piensa, los números como las bisagras de un laberinto y la larga espera como un formulario que nunca se termina de rellenar.

¿Cuánto llevo aquí? ¿Dos, tres, cuatro horas? Quinientas treinta y siete conversaciones con el techo que ya no puedo recordar. Quinientos treinta y siete maldiciones que he lanzado contra el azul infausto de su oficina y sus corbatas que se asemejan a horcas para pájaros. Sacrificar un ala, registrar y consignar como pago la pluma quinientos treinta y siete, el aviso de “No se aceptan soñadores” está colgado en el gran portal. No hay un lugar para la palabra y el diálogo en el piso diez. Los vidrios de las ventanas están blindados contra las suplicas de una madre enferma, las lágrimas de los estudiantes y los aviones de papel.

La celda número quinientos treinta y siete es habitada por el cadáver de una quimera y dos gnomos barbados que registran con furia, en un folio largo, las quinientas treinta y siete veces que el viento choca contra las paredes de la prisión. Sus barrotes son intereses al doscientos por ciento que se cobran a las nubes por dejar pasar, por pequeñas aberturas, la costosa luz del sol. Quinientos treinta y siete mil pesos dice el hombre obeso de camisa de rayas es la cifra a pagar. Quinientos treinta y siete mil pesos que se repiten cada mes, un miércoles cualquiera, y que traen el advenimiento de la catástrofe, de la lluvia en las mejillas, del silencio incomodo que se extiende entre los esclavos del capital.

jueves, 2 de febrero de 2017

Las Ruinas de Augusta



Incorpóreos, minúsculos, tirajillos son los habitantes de los reinos de Augusta. Sus férreos castillos se elevan en las colinas y, mediante una eufonía de trompetas, lanzan una advertencia. Se acercan las arañas con uñas, su presencia disuelve los ejércitos, escalan murallas y cimientos de negativas y esparcen su dulce toxina por la tierra. Sus armas son el toque, la explosión y el latido. Ya han desbaratado las defensas de una ciudad sin puertas, y exploran los templos en busca de la riqueza prometida, que soñaron una noche de abril, de una civilización de ojos verdes.

Aspirados por el volcán de mi rostro, cae la flota rebelde, sus barcos se hunden en sudor y piel, ella los siente ahogarse en las profundidades de sus cavernas. Su muerte se resignifica con un gemido. La palabra de la deidad oceánica se manifiesta con una mordedura en mi pierna. Las ruinas de Augusta se agitan, pero renacen, a cada paso, de tus dedos, de mis dedos. Y yo sólo deseo preparar mi arcabuz, mi brújula y mi lengua, para adentrarme en terrenos ignotos, explorar los vestigios del mausoleo y encontrar la grieta del arca sagrada.

El Arca de la Alianza de nuestros cuerpos.

¿Y aún me preguntas que siento cuando te toco?

jueves, 26 de enero de 2017

La Danza de los Espejos




En la colina sinuosa de Salamina
van rodando los espejos
unos, lentos, disfrutan el ritmo de las sacudidas
otros, con más prisa,
Caen, danzan y aceleran
como torpedos en el báltico

Ruedan, ruedan, los espejos
como planetas por fuera de su eje
como canicas bajo la lluvia
Ruedan, ruedan, los espejos
con el recuerdo del último rostro
y los cuerpos que desaparecen

Ruedan como protesta
contra la imposibilidad del desdoblamiento
un grito sale de sus grietas vidriosas
"Soy yo"
"Existo"
"Mis dedos son callosos y respiro el mismo aire"
"No soy tu reflejo"

Ruedan, ruedan, los espejos
sin saber que habitan la ilusión del movimiento
Ruedan, ruedan, los espejos
caminan los senderos de los hombres
y se estallan, como caracoles salinos,
Al llegar al pavimento

viernes, 20 de enero de 2017

Ascalon




En la cima extraviada
De un cumulonimbus
Cerca de la cúpula
Y Orión el cazador
Se asienta la ciudad imposible
La urbe de Ascalon
Sus etéreas murallas
Se sostienen indemnes
Por el sueño de un pelícano
Por el sumiso movimiento
De las manecillas del reloj.
A la ciudad hiperbórea
Llega el niño naufrago
que pide monedas en las calles
Y la oficinista que duerme serena
bajo rascacielos de papel.
Llega el músico inventor
Que a la lámpara, al embudo
Hace devenir trompeta
La bruja que lee las cartas
encuentra en un tres de bastos
Una luna sin nombre
Y el enigma del adiós.
Llega el pastelero inquieto
Que hace de una torta un castillo
Habitado por soldaditos de crema
El ebanista de dedos largos
Que con su garlopa moldea
Su sombra al gusto
Para forjar un baúl ocre
Donde guardar sus miedos.
Llega el profesor desempleado
Que enseña filosofía en el parque
A un par de palomas comunistas
La niña que pierde su globo
Y se imagina que emigra lejos
Apartado de uñas y alfileres
A un reino de princesas obesas.
Y llegaremos tú y yo
Si me das una pluma de tu ala derecha
Ascenderemos lentamente
Con nuestros cuerpos entrelazados
A la ciudad de avenidas nebulares
Edificios de cristal fúlgido
A la gran Ascalon
D. Acevedo

Babilonia


Cerca al río Éufrates el inmortal
Se levanta la ciudad sin parpados
Sus piernas azules se abren
Ante los viajeros que buscan
En sus laberintos de carne y piedra
El misterio de lo absoluto.

Los Magi y los sacerdotes lo saben
Lo guardan en un cofre ambarino
En un papiro sin letras ni palabras
Custodiado por cinco lanceros
dos elefantes blancos
y tres monos furibundos.

Cuenta la leyenda
Quien juega con los nombres del viento
Puede atravesar el ladrillo cocido
Es el poeta y su triste efigie
Que llega al cofre
Lo abre
Y encuentra en las páginas empolvadas
Un espejo roto.

sábado, 1 de octubre de 2016

LA CABAÑA DE LAYO





Aquel lugar le pareció ajeno, igual que aquella brisa y aquellos pinos, no se parecían a lo que recordaba. Eran una vulgar caricatura de la evocación de su memoria.  Una pequeña hoja cayó en su mano. Intentó cerrar el puño y atraparla, pero, endeble, la hoja quedó fragmentada en múltiples pedazos. El viento hizo lo suyo y se llevó los restos. Se preguntó si había seguido las indicaciones oportunamente. Prendió su celular y revisó el GPS. Se había vuelto loco: según la aplicación se encontraba en Londres. Jacobo Calle se preguntó desde cuando Londres había cambiado el río Támesis por la quebrada la Miel, de mucho menor caudal y envergadura. Suspiró. La tecnología no le ayudaría esta vez. Tendría que fiarse de su instinto y este le decía que aquel era el lugar: una superficie infinita, una pradera con una hierba alta, habitada tan solo por algunos insectos, tres pinos y los ecos del riachuelo. Y aun así ¿por qué se le hacía tan extraño?

Jacobo tenía muchos motivos para querer volver después de tantos años. Sus recuerdos eran muy difusos. Pero había una sensación que permanecía: una cierta corriente eléctrica que se asemejaba a la felicidad, y a una sensación parecida a un ciclón interno.  Y quería entender el porqué. Sabía que de niño corría por aquellas praderas y jugaba con un perro labrador. Nunca supo de quién era el canino, pero se había convertido, rápidamente, en su mejor amigo. Establecer amistades era mucho más fácil cuando se es niño, el juego era el punto de encuentro; jugaban escondidijos, chucha, se perseguían y revolcaban en el pantano. Recordaba aún los lengüetazos y los regaños de su madre por jugar con ese “chandoso”. Sus padres habían tenido una finca por allí cerca, pero cuando las deudas aumentaron (y las malas inversiones de su padre también), se vieron obligados a deshacerse de la propiedad. Poco le importaban ya esas cosas a Jacobo. Su padre estaba ya cinco metros bajo tierra — hace poco había muerto, él había sido testigo y participe de su enfermedad terrible, de sus delirios nocturnos y su deceso que, al final, fue dado por una orden, una decisión necesaria— y él era tan solo un vestigio, o así lo había sentido, de una época que no volvería. Algo de estar allí no era más que un torpe intento de recuperar un poco de aquella magia que prometía el recuerdo.

Recorrió la pradera, tocó con sus dedos la hierba y la maleza, intentó conectarse con el lugar de su infancia. Cerró los ojos e intentó dejarse llevar. Nada, absolutamente nada. ¿Por qué las cosas no suceden como en las películas? Tener un flash back de repente y recordar a sus padres, a sus abuelos, a sus viejos amigos. No recordaba nada. Era frustrante. Se acercó al viejo pino. Sus días de verdor habían pasado. Ahora estaba desgastado y lleno de melenas blancas. Lo tocó, lo acarició, intentando encontrar en él un interlocutor, alguien que le contará el relato del pasado. El árbol no habló. Ni ningún elemento de aquel lugar. Pateó con rabia una roca que fue, justo a estrellarse, contra el riachuelo, provocando un efecto de sapito. Se acercó al riachuelo y se mojó la cara. El agua, fresca, le calmó un poco y le recordó, un poco, la razón, por la que había venido. Su pasado debía ser claro como esa agua, estaba cansado de los ciclones y los vórtices. Recordó las palabras de su padre en los últimos días: “Quiero volver a mi pequeña cabaña, sólo allí puedo encontrar la tranquilidad, un poco de agua cristalina para mi alma. ¡Llévame hijo! Te lo pido hoy más que nunca”. Se preguntó si su viejo se había limpiado su rostro firme, sin fisuras, alguna vez con agua del riachuelo.

Escuchó de repente un ladrido. Volteó la cabeza. Era el perro, su viejo amigo, el labrador marrón. Miró sorprendido, no había envejecido ni un ápice, era igual que en sus recuerdos. Se acercó lentamente y lo observó por un momento. El perro abrió sus ojos y empezó a mover su cola juguetonamente. Su lengua, babosa, salía de su hocico como una promesa de amor canino. Luego de pensar detenidamente, se dijo a sí mismo que era imposible, no podía ser, es más, el perro debía estar muerto (o mínimamente sería un costal de carne y pelos que no podría levantarse de la entrada de su casa). Decidió que debía ser un perro de otra de las fincas o casas del sector, no obstante el parecido con el amigo de su infancia era asombroso, era casi una calca exacta, un clon melenudo. El labrador se acerca y le lame su mano, luego corrió en círculos, parecía buscar algo de juego. No pudo evitar sonreír. Se preguntaba cómo podían estar los caninos siempre tan alegres. Luego el perro recogió una rama seca de la tierra y, con ella en la boca, extiendió su pata hacia sus piernas. Jacobo lo acarició y se unió al ritual. Le quitó, tirando con un poco de fuerza, la rama y empezó a agitarla en el aire. El labrador, sin nombre, se entusiasmó y brincó desesperado por alcanzar el anhelado premio. Jacobo la lanzó, lejos, para que el perro la busque y quizás, con algo de suerte, encuentre también las cenizas de su pasado.

El labrador no se demoró en volver triunfante con la rama en la boca. Quiere que se la lance de nuevo. Jacobo lo hace, no lo pensó dos veces. El perro corre por la rama de nuevo. La trae, pero esta vez la deposita en el suelo y guarda su lengua. De repente su expresión alegre ha desaparecido.  Se dirigió al riachuelo. Jacobo decidió dejarlo ir. Pero cuando el perro llegó a la orilla se quedó observándolo detenidamente, le ladró con fuerza y movió su hocico de una manera extraña. Parecía una clara invitación a que le siguiera. Jacobo suspiró y se rascó la espalda. ¿Qué más podría perder? Este lugar se le hacía, increíblemente, ajeno. El perro era su única conexión. Quizás lo llevará a otro lugar más agradable que implicara que aquel viaje había valido la pena.

El perro cruzó el riachuelo por un pequeño tronco, Jacobo lo hizo igual. Luego siguieron a través de un sendero entre los matorrales. El camino seguía y seguía y cada vez aparecía más vegetación: algunos árboles, insectos y uno que otro pájaro. Un barranquero, envalentonado y posado sobre una rama de un abedul, emitía su llamado al caos primigenio.  El sendero de rocas, era como el que habían recorrido los antiguos arrieros, llevando costales cargados de café y alguna que otra piedra preciosa. Jacobo no se sentía un arriero y cada vez se sentía más perdido. Tener el GPS malo no ayudaba en lo absoluto. El labrador, sin embargo, seguía su camino seguro e insistía en que lo siguiera, así que aceleró un poco el paso. Cada vez cambiaba más el paisaje, y la vegetación se iba tornando más abundante y portentosa: Flores de todos los colores, margaritas, jacintos y orquídeas; uno que otro petirrojo, azulejo y colibrí, y árboles cada vez más altos, con una cima inalcanzable; Y al fondo, de repente, un ruido extraño. Era como el lamento de alguna bestia. Jacobo no recordaba haberlo escuchado nunca, le desagradó profundamente. Rompía con aquella normalidad “natural” que proponía el paisaje. “Perro loco, ¿a dónde me llevas?” preguntó, pero no hubo respuesta.

El lamento sonaba intempestivamente cada cierto tiempo, cada vez más fuerte. A Jacobo le daba mala espina, pero también la curiosidad lo invadía. Cuando decidió que era mejor regresar el lamento se silenció. Quizás sólo había sido su imaginación. Decidió que solo seguiría al perro unos quince minutos más, sino regresaría al carro y volvería a su casa. También era cierto que, a medida que se internaba más en el sendero, la luz del sol, a pesar de estar en pleno día, entraba con menos fuerza por las ramas de los árboles. Daba la impresión de encontrarse en una suerte de ocaso sempiterno, que todo lo abarcaba. Intentó llamar al labrador para que se detuviera, para volver de nuevo a la seguridad del arroyo y del terreno conocido. Pero el perro solo sacudía la cabeza, con alegría, su invitación a que le siguiera permanecía. Parecía desesperado por enseñarle algo. Jacobo le siguió por aquel sendero. No entendía porque lo hacía tampoco. ¿Una esperanza tal vez? El perro podría traer algo desde su lejana infancia.

Pronto el sendero de empezó a anchar y llegaron a una cabaña protegida en sus límites por unas tablas flojas y carcomidas. No había mucha vegetación alrededor, era más bien una llanura reseca alimentada tan sólo por un árbol sin hojas, endeble y pequeño. En un extremo de la vivienda una cruz de madera denotaba, tal vez, la fe de los ocupantes. Jacobo no recordaba haber visto nunca ese lugar, sin embargo, al contrario que el riachuelo, este lugar se le hacía cercano, familiar. ¿Cómo podía pasar eso? ¿Estaba su memoria jugando con él? Se rascó la cabeza y, perdido, entrecerró y abrió los ojos, como buscando que el paisaje cambiara de repente. La cabaña seguía allí. El perro ansioso, al ver la puerta abierta, entró. Jacobo se dijo a sí mismo que tal vez los dueños del perro vivieran en el lugar. Aunque se preguntó quién podía vivir allí, en medio del bosque, abandonado de dios-civilización. Intentó llamar en voz alta,  pidiendo autorización para entrar, pero no hubo respuesta. Pensó que el dueño de la cabaña no debía estar en casa. Dudó un momento si debía entrar, pero la curiosidad, como una libélula coqueta, revoloteaba por su mente confusa.

Lo que vio, cuando entró, lo sacudió por completo. Todos sus sentidos se vieron afectados: sus ojos se abrieron de par en par como dos reflectores, su respiración se tornó agitada, sus manos empezaron a temblar, intentó gritar pero lo único que surgió de sus labios fue un lastimero “oh” que no lograba quebrar el silencio. En el piso, expandiéndose como un lago interminable, la sangre lo llenaba casi todo y se deslizaba por las aberturas de las tablas del suelo. En la pared, escrito en un violento carmesí, estaba la siguiente palabra: “LAYO”. Al fondo, una mujer embadurnada de sangre, recostaba en una esquina, devoraba un trozo de carne roja. Tenía el cabello negro y muy largo, sus ropas estaban completamente desgastadas, sucias y roídas. Al lado de la mujer un cadáver humano tenía el estómago abierto de par en par y las vísceras salían como flores sin pétalos hacia el exterior. El perro había desaparecido.

Jacobo no aguantó y vomitó. Vomitó como nunca. No sólo por la fuerte visión. No. Había algo allí que le hacía sentir que él tenía que ver con todo aquel paisaje macabro. Él era el elemento que faltaba en el cuadro. Aunque no era capaz de racionalizarlo del todo. Tenía que salir de allí. Pronto. Debía escapar. Intentó recuperar la compostura, abrir y cerrar los parpados varias veces para despertar. Entonces escuchó un grito, un grito terrible, surgido del fondo mismo del abismo. Un grito innombrable que sacudió sus cavernas auditivas. Se agachó y agarró su cabeza. Intentó taparse los oídos. Abrió los ojos. Era la bruja quien gritaba. En su mano derecha llevaba un largo y afilado cuchillo que antes no había detallado. Su mano izquierda se apretaba en un puño que reflejaba el peso de una decisión tomada.

Pretendió de nuevo levantarse, pero sus pies no le obedecían. La bruja se levantó y se acercó lentamente. Sus pasos, en la madera, tenían el ritmo de un tambor macabro. Debía escapar, levantarse y correr, lejos, muy lejos, de aquella mujer y sus ojos brotados. Pero seguía sin poder moverse. La bruja sonrió, y su sonrisa era terrible: evocaba una imagen oscura y turbia de su pasado, una tormenta que no estaba dispuesto a acoger en su cuerpo, ni en su piel. Empezó a silbar, su tonada le recordó alguna canción de su infancia, probablemente una de las tantas nanas que su madre le cantaba antes de ir a dormir. Intentó de nuevo moverse, pero sus músculos permanecían quietos frente a la melodía. Había perdido dominio sobre su propio cuerpo, le pertenecía ahora a ella y a aquella cabaña, o quizás siempre le había pertenecido y él no lo sabía.

La mujer estaba más cerca. Justo encima de él. Lo miró un momento detenidamente. Jacobo esperó la descarga del cuchillo sobre su piel. Pero eso no pasó. La bruja se sentó encima de su torso y acercó su rostro, sus miradas se cruzaron. Su semblante estaba más cerca y su ropa salpicada de sangre se unía a la suya.

     Por favor, no me haga nada…— imploró
     Yo. Yo no te haré nada— dijo la bruja en un susurro— Esto te lo has hecho vos mismo. Y cuando finalice nuestra conversación: tú mismo me pedirás que te clave el cuchillo.
     ¿Qué? ¿qué dices vieja loca? ¡Aléjate de mí!— exclamó confuso
     ¿No lo adivinas?— dijo y clavó el cuchillo en un costado, cerca a su brazo— Mira atentamente esta cabaña. ¿No te parece conocida?
     ¿De qué hablas? ¡Nunca he pisado este lugar en mi vida!
     ¿Seguro?

Jacobo miró a su alrededor. Se repitió de nuevo aquella sensación: a pesar de ser la primera vez que entraba en la cabaña, se le hacía un lugar tan cercano, tan íntimo. Hizo un esfuerzo por recordar, pero la niebla habitaba en los recintos de su memoria.

     No lo recordaras. Pero es algo que tu yo racional jamás podrá controlar y menos esa traviesa memoria que tienes— dijo la bruja aún encima de él y mirándole detenidamente—. Pero hoy se acaba el engaño, es hora de que baje el telón y los actores se quiten las máscaras.
     Yo…yo no necesito nada de eso— dijo aterrado, por alguna razón sus palabras le generaban una angustia peor que la de la amenaza del cuchillo— Por favor, déjeme ir.
     Lo que ves aquí está en lo profundo de las mazmorras de tu cuerpo y de tu mente. Pues eres un monstruo y, esto que ves, no es más que un pedazo de ese excremento que sale de tu boca, de tu ano, de tu ombligo y, desde luego, de tu mente
     No recuerdo haber consumido ninguna droga
     No se necesita ninguna droga. Has llegado a un punto terminal.

Hizo un último esfuerzo por zafarse pero su cuerpo no respondió. Recordó aquella sensación que había sentido ya, un par de veces, aquellas noches en que sufría parálisis de sueño. Era muy parecida, respirando, con los ojos abiertos y sin poder mover su cuerpo. Pero ahora no estaba en el mundo onírico. Aunque tampoco estaba muy convencido, ante el terror de  la bruja y el entorno lúgubre y marchito, de encontrarse en un lugar real. ¿Dónde estaba?

     La pregunta que te haces no es la correcta— dijo la bruja como si leyera su mente— Estoy seguro de que serás capaz de formular la pregunta exacta.
     Creo…sí…hay una más: ¿De quién es el cadáver de ese hombre?
     Muy bien— dijo la bruja riéndose—. Mucho mejor.

La bruja tomó el cuchillo y lo arrancó del suelo, lo pasó lentamente por su lengua, seductoramente. Le susurro unas pocas palabras en un idioma desconocido al oído y, posteriormente, se paró, despacio, dejándole libre. Luego se acercó a la ventana y, mirando fijamente algún punto fijo en aquel bosque desconocido, le dijo:

     Acércate y compruébalo tú mismo.

Su cuerpo al fin le respondió. Rápidamente se puso en pie. Era su oportunidad de escapar. Se acercó, sin pensarlo dos veces, corriendo a la puerta, tenía que salir de allí. Pero al llegar al umbral algo le detuvo, no era capaz de seguir. Sin embargo no había nada sobrenatural que se lo impidiese, más que su curiosidad por resolver el enigma. Tenía que ver el cuerpo de aquel hombre, quizás estaba allí, rodeado de sangre y vísceras, la respuesta que estaba buscando.

Volvió la cabeza para ver si la bruja lo había seguido, pero la mujer seguía parada mirando por la ventana. ¿Por qué no lo perseguía? ¿Por qué de repente ya no parecía una asesina demente? Todo su ser racional le decía que pusiera pies en polvorosa, pero aun así, por un instante, pudo más la curiosidad, el anhelo de una verdad esquiva. Decidido, sin mirar a la bruja, se dirigió hacia dónde se encontraba el cadáver. Cuando llegó no lo reconoció bien. El rostro estaba algo desfigurado. Pero entonces se acercó un poco más y, ante la inminencia de la revelación, no pudo evitar lanzar un grito. Un grito terrible que explotó en la pequeña cabaña y que se perdió en medio de la canción del viento en la noche.

Era su padre.

     No…
     ¿Ahora recuerdas?
     sí…
     Esta sangre, la bruja, el perro, la noche no son más que habitantes que pueblan tu ser múltiple. Y aquí está tu última deuda.
     Entonces, ¿Qué debo hacer?
     Tú ya lo sabes

Jacobo respiró profundamente y, sin pensarlo mucho, ordenó:


     Clávame el cuchillo