Despedida de la Maga

Despedida de la Maga

Sobre "Devenires Prosaicos":

Devenires Prosaicos es un espacio por y para la literatura. Un espacio en el que planeo compartir reflexiones, fragmentos, poemas y cuentos. Deseo entonces dejar aquí escritas algunas pequeñas huellas, mis propios trayectos, mis propios devenires ¡Sed bienvenidos a devenires prosaicos!


sábado, 8 de junio de 2019

EL BAZAR DE LAS EXPLICACIONES




EL BAZAR DE LAS EXPLICACIONES

A pesar del calor, de encontrarme en el fin del mundo, rodeado de un océano de arena y ventisca, me pareció increíble encontrarme aquel mercado lleno de vida y beduinos solitarios. Ya me habían hablado de él, en Damasco, pero lo creía un mito, una historia contada por ancianas errabundas. Esperaba encontrar allí la respuesta a la pregunta que atormentaba mis días. Estacioné mi dromedario, que estaba cansado luego del largo recorrido, y pregunté qué era ese lugar. Uno de aquellos mercantes, un sujeto barbado y de ojos marrones, me aseguró que era El bazar de las explicaciones. No le entendí muy bien.

     Es muy sencillo— explicó—. Aquí habitan gran parte de las explicaciones del mundo, todas las que alguna vez fueron y las que serán, guardadas en pequeños pergaminos, reutilizadas una y otra vez y clasificadas sabiamente por temáticas
     Sí eso es así— pregunté torpemente y buscando generar sorpresa—. Entonces ustedes deben tener una explicación a la pregunta fundamental: ¿por qué existimos?
     Las tenemos todas— dijo sin inmutarse—: por una deidad ebria, por el azar de un universo maldito, por el eructo de un gran elefante en el desierto, ¿cuál quiere?
      La verdadera.

El mercader abrió los ojos de par en par. Luego no pudo evitar reírse. Se quitó con un movimiento rápido el sudor de su frente y continuó:

     Me temo que usted no entiende. Nosotros no vendemos verdades. Ya existe una verdad y está en el libro del profeta, bendito sea su nombre, las explicaciones no pretenden ser verdaderas, ni tampoco obedecen a un patrón ético. Son simplemente explicaciones, miles de ellas, listas para ser usadas en cada ocasión.
     Es absurdo.
     ¿En verdad piensa eso?— dijo guiñándome el ojo—. ¿Y si le vendiera la explicación adecuada para explicarle a su mujer porque aquel 12 de octubre se encontraba con la mujer de vestido rojo? ¿o la explicación de por qué llegó una hora tarde al trabajo el día de ayer? ¿o la explicación que debe a su hija, la niña pecosa de ocho años, para aquellas preguntas incomodas sobre sexo? ¿o una explicación apropiada para zafarse de una aburrida pregunta en una conferencia de algún molesto pseudo-intelectual? ¿o una explicación de por qué precisamente hoy, 23 de mayo, está usted aquí, en medio del desierto, alejado del mundo?
     Esa la tengo
     Tal vez…pero no nos quedemos en estos detalles insustanciales. ¡Mire!
Aquel beduino me llevó por todo el bazar. No mentía, aquel lugar estaba lleno de tiendas con muchos pequeños cofres con pergaminos, cada uno de ellos marcado de acuerdo a criterios temáticos. Más sorprendente aún fue encontrar que las tiendas tenían varios clientes y que no era el único visitante. Observé detalladamente los cofres, algunos mercaderes me dejaron ver. Los clientes preferían ocultar su identidad tras algún trapo o velo, sentían vergüenza, como si estuvieran en una tienda de artículos eróticos. Me sorprendió ver que muchos de los compradores los recordaba de la tv o los medios de prensa escritos. Eran políticos y funcionarios importantes de países lejanos.

     ¿Por qué se sorprende querido amigo?— dijo el beduino—. El poder se sustenta en juegos de palabras, en explicaciones, y entre más efectivas, verosímiles y bien argumentadas mejor. Nosotros tenemos una tienda especializada en explicaciones bien razonadas. La mejor del país.

Seguimos recorriendo el bazar y haciendo algunos recorridos en círculo, me sorprendía ver las diversas temáticas: Política, sexo, religión, metafísica, deportes, defensas, negocios, astronomía, hasta ovnis estaban allí.

     Ya veo que han intentado cubrir todos los frentes— dije—. ¿de dónde salen las explicaciones?
     Somos artesanos de las palabras, medio poetas, aunque más pragmáticos y menos idealistas, al igual que el alfarero, nosotros sabemos como trabajarlas. Es un conocimiento que se ha pasado de generación en generación. El bazar de las explicaciones existe desde la antigüedad, dicen que el mismo Alejandro el Grande, compró un par de explicaciones dedicadas a sus soldados, cuando pretendía llevarla a la India en una campaña suicida.
     Pufff, son todo patrañas. Probemos: si le pregunto, ¿por qué el cielo no cae sobre nuestras cabezas?, ¿tendrá una explicación guardada en sus pequeños cofres?
     ¡Claro! Sígame.

Nos dirigimos a una de las tiendas, cubierta por una tela rojiza desgastada. Allí el mercader estuvo un momento inmerso en la búsqueda y luego de unos minutos nos tendió tres cofrecitos sellados y empolvados.

     ¿Tres?
     ¡Claro!, ¿qué explicación quiere? ¿la religiosa, la poética o la científica? ¿la que daban los antiguos egipcios cuando copulaban Geb y Nut? ¿el hecho de la existencia de una atmosfera separada del planeta? ¿o simplemente que el cielo es un eterno enamorado de la tierra e, introvertido, no sabe cómo cortejarla.
No pude evitar reírme.

     Ya, ya, pero a mí sólo me interesa una explicación. Solo una y quiero que, si se encuentra en este bazar, me la pase.
     ¿Cuál?— preguntó curioso el hombre
     Quiero saber por qué no tengo un hogar, por qué llevo años y años caminando a través de bosques, montañas y valles, por qué siempre que intentó establecerme en un lugar algo sale mal
     Hummm… le recuerdo que nosotros no vendemos verdades
     No importa. Servirá para consolarme y además usted mismo dijo que algunas veces, por azar, surgían verdades.

El mercader se quedó un momento pensativo rascándose la barbilla. Su silencio me sorprendió.

     No creo que en estas tiendas encuentre algo que le satisfaga

Suspiré resignado. Pero luego continúo:

     Creo que tengo lo que necesita. Necesito que me siga y, sobre todo, le pido que no le cuente lo que va a ver a nadie
     Lo prometo— dije sin dudarlo.

Salimos de las tiendas. El bazar estaba en una pequeña aldea en medio del desierto, que tenía un oasis y un pozo de agua que, a duras penas, lograba satisfacer las necesidades de la corta población. Afuera de sus casas solo se veían hombres, unas pocas mujeres cubiertas de negro y un solo niño que jugaba con la pelota contra una pared. Seguí al mercader por fuera de la aldea. El sol estaba en su cenit y, a pesar de estar protegido, aquel calor me hacía desear lanzarme en el primer charco que apareciera sobre la arena. Llegamos, luego de un corto camino empedrado, a lo que parecía ser un pozo, una abertura en la tierra de corta profundidad, estaba llena de pergaminos y papeles diversos.

     ¿Qué es esto?
      Es el pozo de las explicaciones perdidas. Aquí echamos todos nuestros productos fallidos, aquellas explicaciones que nadie desea
     ¿Y por qué me trae aquí?
     Por qué la explicación que usted busca está ahí
     ¿Está usted loco?
     No, no. No lo estoy. Hace unos días un joven mercader, un novato del oficio descartó una explicación sobre el hogar, recuerdo haberla escuchado. Creo que cometió un error. Pero me aseguró que a nadie le interesaría. Bien, no somos perfectos, a veces nos equivocamos. Debería intentarlo. Métase al pozo y búsquela
     Es una locura
     Es su única oportunidad— dijo mirándome fijamente.

No perdía nada con intentarlo, quizás sólo algunos minutos de mi tiempo. Así que, animado por el mercader, me lancé al pozo a buscar la explicación perdida. Me sumergí en una multiplicidad de pergaminos y papeles escritos. Leía, pero todo me parecía incoherente, otros eran argumentos pobres, otros sencillamente no tenían sentido. No encontraba ninguno que se asociará con mi hogar. Estornude por la acumulación de polvo y arena. El mercader me miraba desde arriba, curioso, como esperando. Me volví a sumergir, esta vez más profundo. Seguía sin encontrar algún papel o pergamino que sirviera, era un cerdo sumergido entre palabras. Justo cuando pensaba esto escuché un sonido, como un chasquido, que provenía de las profundidades. Empecé a temblar. Algo no andaba bien. Era momento de retirarme. Intenté volver a subir, logré asomar mi cabeza y uno de mis brazos. Pero algo me sujetó la pierna y no me dejaba ascender. El mercader me sonreía.

     ¡Qué pasa!— le exigí —Ayúdeme
      Ya lo he hecho
      ¿De qué habla? ¡Le exijo que me saque de aquí!
     Usted quería un hogar, se lo he dado. Aquí no tenemos verdades, eso lo sabe, pero si nos compadecemos de nuestros clientes
     ¡Esto no es ningún hogar!
      Nosotros los artesanos de palabras sabemos que hogar es una palabra, una construcción como cualquiera. Su problema es que no ha querido poner el primer ladrillo. Se niega a aceptar esa posibilidad. Sus piernas lo llevan a evitarlo. Yo le ofrezco la forma en que esas piernas no caminen más y al fin encuentre lo que añora
     ¡Déjeme salir! ¡Pagará por esto!
     Salude a la mascota del Bazar, ¡La señorita Alcalá!

La señorita Alcalá resultó ser una serpiente de enormes proporciones, asomó su rostro por encima de papeles y pergaminos y escuché con horror el sonido zigzagueante de su lengua. No podría escapar de ninguna manera. Mientras la sierpe me engullía comprendí con horror a qué se refería aquel hombre, mi nuevo hogar sería el estómago de la serpiente: una prisión de escamas. Me dejé llevar, acepté la situación resignado. No era comida. Era un nuevo habitante de aquel pueblo.
Y es aquí, desde donde, sin explicación, en un acto inútil, escribo estas líneas.

domingo, 24 de marzo de 2019

El Canto del Azulejo



Cuento ganador de Mención de Honor en el VI Concurso Nacional de Cuento de EPM


Pequeño, ¿Qué miras en esta pobre anciana? No tengo nada de asombroso. Llevo mucho tiempo aquí parada, esperando, ¿esperando qué? No lo sé. Una caricia nocturna, tal vez, o una revelación que brote de la tierra. Cada vez siento que hago menos falta en este mundo. Lo único que me acompaña y suele alegrar mis tardes es aquella música. ¿No la escuchas? Sí, me refiero al trinar de los pájaros, del azulejo, del barranquero, de la mirla sinsonte. A veces siento que soy la única que piensa que el canto de los animales, del viento, de mis pequeños dedos cuando bailan con la brisa conforma una gran sinfonía, digna de superar a Mozart, a Tchaikovsky o a cualquiera de tambores explosivos que escuchan en sus artefactos electrónicos. Es triste tener esta perspectiva en soledad y solo compartirla conmigo misma o con la pequeña ardilla que pasa, que me mira con sorpresa para luego recluirse de nuevo en mi corteza donde tiene su hogar.

Pero parece muchacho que te estás quedando dormido. Dime, ¿tienes amigos? ¿O en verdad eres tan solitario mi pequeño dormilón? Comprendo. Tiemblas, murmullas palabras extrañas, tienes una pesadilla. Calma, no hay monstruos aquí, puedes estar tranquilo. El silencio es tu aliado. Duerme tranquilo mi pequeño, duerme tranquilo lirón.

Una niña pronuncia tu nombre. Miro a la recién venida, realmente está asustada. Me pregunto qué razón podrá ser tan importante para despertarte, niño durmiente. Entre bostezos le dices que quieres dormir, ella te pide que vayan a trabajar. La niña te mira suplicante y pone sus manos en posición de ruego. Entonces te quedas callado, lo piensas detenidamente. Veo un poco de tu propia desgracia, de aquella historia trágica que se esconde bajo tus ojos somnolientos. A veces simplemente deseas escapar, esfumarte para no volver. Por eso vienes aquí.

     Hermanita…ven acuéstate conmigo— dices lentamente— Este lugar es muy cómodo y confortable.  Nadie viene aquí, nadie nos molestará. Y ella…—dices apuntándome con el dedo—siempre me recibe con sus raíces abiertas. A veces pienso que quiere hablarme, contarme algo…
     Tomi, ¿te estas volviendo loco?— pregunta la niña preocupada— Padre pronto estará aquí. Lo que hago, lo hago por ti. Si vieras el castigo que me dio la otra vez, fue horrible…
     ¡Hermanita! Olvidémonos de padre, no más correazos, no más sufrimientos, ¡vivamos acá!— dices como si tuvieras una epifanía o revelación— Nos lo merecemos. A la final todos estos árboles son nuestros hermanos, son criaturas vivas como nosotros, ¿Por qué no podemos vivir como ellos? Que sean la lluvia, el sol y el agua quienes nos provean lo que necesitemos.
     No hablaras en serio—dijo la niña con un poco la duda y una ligera sonrisa intenta dibujarse en su rostro opaco.
     Al igual que nosotros ellos han sido abandonados por los demás, las personas se han olvidado que existen. Ellos y nosotros somos igualmente ignorados por la gente, que no es capaz de ver más que su propia billetera.

¡Así es pequeño lirón! ¡Yo te apoyo! Y alzo mi raíz enérgicamente. Y yo les diré por qué no nos perciben. Nuestra existencia se les hace molesta, porque les recordamos su propia decadencia, lo que han sometido al designio de las leyes del olvido. Se han rodeado de máquinas e información innecesaria. Se han olvidado que existen otros. Ese “otro” que ya no es más que una huella endeble en la ciudad, que desaparece con la niebla o con un anuncio.  Nosotros también somos habitantes de esta tierra que es necesario proteger.

     No lo sé Tomi. No sé nada— dice con lágrimas en sus ojos
     Piénsalo, solo recostémonos un momento— dices seguro— Un sólo minuto. Un instante de paz. Dejémonos abrigar por sus ramas y luego simplemente que pase lo que tenga que pasar. Descansemos una sola vez para mañana mirar el sol con otra cara, para que nos sorprendamos de nuevo como si fuera la primera vez…
     Yo…lo deseo. Sólo un poco…—dice la niña insegura— sólo un poco mucho. Un poco más
     ¿Sabes hermanita?— dices sonriendo— Cuando vengo aquí, duermo y sueño. Entonces estamos tú y yo lejos. En una casa enorme, con camas grandes y comida de verdad. Tenemos muchos peluches y juguetes como los niños que caminan por la calle. ¿Te acuerdas de esa muñeca que vimos el otro día en la vitrina, la de sonrisa traviesa?, esa la tienes en tus manos y juegas con ella todo el día. Y yo tengo un balón ¿sabes?, no ese desinflado que recogimos el otro día de la quebrada la Iguana. Soy como Falcao o Asprilla. Soy un goleador y aparezco en la televisión. Soñar es lo único que me impulsa a vivir, y quiero seguir haciéndolo, a tu lado. Ven, recuéstate conmigo.

La niña se te acerca y se recuesta a tu lado. Sopla una fría brisa. Intento infundirles un poco de mi calor, a pesar de los pocos harapos que tienen. Mi verde interior se agita y empiezan a caer lágrimas de clorofila, lágrimas de indignación. Al final, sólo los más débiles entre los humanos nos quieren. Es un amor de débiles, un amor de olvidados, un amor sin canciones. Un amor que trasciende pieles u órganos, un amor por la vida que palpita. Sí, os abrigo. Pues sé que ustedes aún tienen salvación. Es hora de que duerman, que sueñen, que emigren lejos de este lugar. Quizás a lo alto de la montaña de la cordillera, como enormes cóndores que desafían el viento y las nubes, en busca de un poco de paz.

Pero déjenme, escucho algo, un ruido. ¿Qué puede entorpecer esta tranquilidad? Se acerca alguien. Quisiera evitar que se acerque, hay algo en sus violentos pasos que me asusta. Pero…me siento impotente. Es un hombre de mirada furibunda y postura agresiva, se mueve rápidamente, con algo de torpeza. Lo confieso, tengo miedo. No me gusta ese hombre. Lleva en su mano derecha una botella. Su rostro suda, sus labios se aprietan. Sus ojos desbocados buscan devorar el mundo. Está ebrio y no tiene control sobre su caminar. Se tambalea como un funambulista en un circo. ¡Aléjate! No hay espacio para ti en este lugar.

     ¿Dónde estarán estos culicagados?— grita furioso— ¡Tomás Emilio!, ¡Vanesa Alexandra!

Ustedes no escuchan, están sumergidos en sus sueños. La voz del padre les suena lejana, como un eco de una época que ya terminó. Su padre vuelve a llamarlos una segunda vez. Pero sólo le responde el trinar burlesco de un azulejo.

     ¡Tomás! ¡Vanesa! Salgan de una vez— grita el padre— ya sé que vinieron a este parque, me lo han dicho. Estoy cansado, quiero llegar a casa a acostarme y ver el partido. Además tienen que darme lo que recolectaron hoy. ¡Salgan de una puta vez! Mierda…

No hay respuesta. De nuevo sólo le responde el azulejo burlón. El padre toma otro sorbo de la botella que carga en el bolsillo de la camisa. Una pequeña vena de su frente resalta, ese sería capaz de hacer arder el mundo por unos cuantos pesos.

     ¡puto pajarraco! ¡Los mataré lo juro!— grita— salgan ahora culicagados si valoran sus vidas

Nadie sale, nada se mueve, excepto una pequeña brisa. Su padre no se percata de ello. Se queda pensando un momento, estudia que hacer a continuación.

     Está bien niños— dice el padre interrumpiendo mis reflexiones-—comprendo su juego, está bien, los quiero mucho…

Palabras, mentiras, artificios de dolor.

     Perdónenme, les aseguro que he cambiado, mamá volverá pronto…— sigue su suplica absurda en tono de lástima— Pero salgan, por favor, papá les quiere…

De nuevo el velo del sueño evita que ustedes escuchen aquel sin sentido. Su padre de nuevo vuelve a perder los estribos.

     Salgan de una puta vez— grita furioso

Pero a su padre rabioso solo le responde un tercer y último trino del azulejo que avisa el advenimiento de la tempestad. El hombre enloquece, sigue gritando cada vez más incoherencias, moviéndose de un lado al otro, aproximándose lentamente. Cada fibra de mi tronco tiembla levemente ante la cercanía y la incertidumbre de aquellos ojos devastadores.

Pronto se percata de nuestra presencia, sus ojos se abren de par en par. Sin embargo esta vez no grita, esta vez el silencio se convierte en su aliado. Furioso, quiebra su botella contra uno de mis hermanos. El viento sopla cada vez más fuerte y las hojas pardas se mueven, como queriendo escapar. Tres pasos lentos, un suspiro que nace de la tierra, entonces rápido, como un rayo, aquel hombre se lanza sobre ustedes con la botella quebrada. ¡Horror de los horrores! Es demasiado tarde, pronto aquel líquido lo salpicará todo y mi tronco se vestirá de rojo en esta noche demencial.

Nunca he servido para narrar finales. No quiero ser parte de este final. ¿Es este realmente el punto donde se detiene la narración de una historia? ¿Un final inmune a las consecuencias de los actos más explosivos y desgarradores de la acción humana? Puedo decir que efectivamente la sangre chorrea mi tronco. Pero no es roja, es verde como las montañas que rodean esta ciudad. Su padre ha clavado su botella contra mi tronco y mis hojas, hiriéndome un poco, sacando una pequeña cantidad de clorofila acumulada. Ustedes, mis niños…ya no están. Simplemente no están.

¿Dónde están?

Yo no lo comprendo aún del todo o quizás no deseo comprender. Su padre no lo puede creer: grita, patea, maldice. Lanza patadas a todo árbol o roca que se le atraviesa. Le echa la culpa al parque maldito. Se tira al suelo desesperado. Se frota con sus manos el rostro. Luego abre los ojos. Gruñe. Se aleja tambaleando, sin un rumbo, sin un fin pronto para su propia historia, ni una última oración para su hogar.

Luego que se va puedo reflexionar, sobre lo que sucedió en ese momento y lo que creo que pasará. La tierra defiende a los suyos, la tierra es inquieta, la tierra se agita, se mueve y crea rupturas, crea grietas, abismos de paz.

¿Me escuchan? Sé que aún están ahí, durmientes. Pues el río de la vida sigue fluyendo. Aquel hermoso sueño no ha sido entorpecido. Veo entonces dos pequeños brotes, dos pequeños árboles que recién nacen a mi lado. Entonces sonrío. Doy la bienvenida a mis dos nuevos hermanos, que pronto se unirán a mí para conversar, para soñar y poder disfrutar el canto del azulejo una vez más.

martes, 12 de marzo de 2019

Las Alas del poeta



Por: Fernando Cuártas

Los poetas tienen las plumas ocultas en la espalda, su vuelo siempre está en disposición de viento, sólo basta con seres que le ayuden a descubrir lo oculto de sus posibles vuelos. Tal vez sean ángeles de una región desconocida, de morada incierta, portavoces de un mundo siempre por descubrirse. Así se presenta el autor de ritual de vuelo, Daniel Acevedo Arango. La poesía es ese vuelo vertiginoso del lenguaje, ese viaje hiperbóreo, a mundos desconocidos y míticos. Como lo dice Pedro Arturo Estrada en su breve prólogo:  “Daniel Acevedo nos entrega aquí poemas de gran factura y rigor expresivo que, sin embargo, mantienen a su vez la frescura natural propia de la juventud y, sobre todo, el carácter irónico, trasgresor que le preserva de toda solemnidad o retoricismo vacuo”.

En todo el libro hay una confesión o postura sobre la acción poética, retomando a Huidobro, el poeta no sólo es la luciérnaga, la iluminación en las trampas de la selva, es a su vez, el aire en que vuela.  Una vocación integral, donde cada partícula del mudo hace parte de él y él mismo es cada átomo de toda existencia, parodiando a W  Whitman.
El libro hace El paracaídas y el parasubidas juntos de un Altazor, que le hace preguntas a las ciudades en ruinas, que cuestiona a toda ese rémora de saltimbanquis, banqueros de la nada, brindando en opulencias, mientras se desconoce el mudo abierto del poeta, el pájaro que no deja de ser pájaro, el registro de los parpadeos del sol, el acto de poetizar lo impoetizable, buscando los cimientos de las raíces de las palabras. Un mudo que se abre, con un consciente artificio, la palabra, escaldada, sufrida, expuesta, pero a la vez el aire, esa metáfora de nubes que nos cubre. 
Los cocuyos son letras de nombres que ya no se podrán nombrar, las ausencias, en medio de oscuridades, esa luz que titila despide el tiempo, todo se detiene, el poema es un acto innatural. Siempre cruzan en cada poema hay  fantasmas de los cielos, guerreros entre cúmulos y cirros, navegantes de aire, son los que conocen el sendero del trueno, mientras entre sombras se dibuja un crucificado en la tormenta. Un mundo poblado de imágenes atmosféricas, lamen la atmosfera, cuchichean en voces de ondinas y se hermanan con los vientos y los huracanes.

Todo el libro está hecho de Ícaros, sin mitologías sacras, aquí el héroe juega a la pelota y se le ensucian las alas, dolo existe la tormenta, la humana condición de perder la conciencia del abismo y millones de voces agrietadas escarban sobre las montañas los lechos de los ángeles muertos. Existe un despido profundo de una Arcadia que ya no fue más, el vacío en el cemento partido, cadáveres de deseos y una humedad sin nombre, pájaros agónicos, un mundo que parece estar partido en un abismo tan hondo como los que juegan con los nombres del viento. No se busca el misterio de lo absoluto, se trata de ver el espejo roto de todo lo que hacemos, ciudades sin parpados, ojos rayados y sangrantes, heridas profundas, el acto de arrastrar en la penumbra un carro de escarcha, como emisarios del silencio, abriendo murallas en medio del pavoroso olvido. Daniel invoca el acto de hacer volver a las palabras con aire, con vientos, con fuerzas, sin ser sarcófagos de nubes. Él Advierte, las palabras se agotan, el silencio devora y hacen estallar los mausoleos de las frases, las criptas de carbono en una sociedad de hormigas que laboran para hacer que la poesía parezca muerta, en fosas apiñadas de tragedias. Es un lenguaje que resbala, que se unta, que sirve para dejarlo a uno impregnado de preguntas, ni el olvido ni el recuerdo, sólo ese viento audaz que se lo lleva todo y todo lo devuelve.

Con un lejano eco de un  Deleuze brujo, el poeta no desconoce la necesidad de trascendencia, el rayo se convierte en pensamiento que fluye, el brujo mueve sus manos y convoca las fuerzas del viento, es toda poesía una invitación a estar en la cornisa, desposeído, a punto de ser convertido en vacío, un estar a punto de vuelo, ese sensación de escalofrío y resistencia alquímica, como un código que apenas se perfila en el momento del vértigo. Bien podría ser esa sensación del viaje hiperbólico, la región de las brumas y de las cortinas del silencio. La hipérbole exaltada de la región inconclusa de los hiperbóreos, la nada llena, el estado del viajero, que es la condición de la poesía. Todo poema verdadero es un templo en el aire, un lenguaje vestido de música, inasible, un conjuro, el edificio de documentos vivos, el gastrónomo de las tartas con pájaros que siempre se levantan. Siempre el poema es un acto brujo, el libro empolvado de arenas vivas, el acto de soñar las esperanzas, y volver siempre a iniciar en un vuelo inacabo.

El texto que la de nombre al libro es una exhortación a caminar. Es buscar el aire incorruptible del tiempo, esa brizna donde existe el coro de las hojas marchitas, las pisadas sobre os cerros y el respirar donde gaviotas de papel salen al vuelo de cada inhalación venturosa. Caminar es un intervalo entre el acto de respirar y el acto de volar. Acto de reconocer al viejo abuelo páramo y a la misma abuela brisa, ese estar, un verdadero “estar” que reconoce lugares de un paraíso perdido, no es una mera referencia bucólica, es un estado de alerta, la poesía hoy en día se abre sobre el musgo, hace lienzos de rocas, se para sobre el césped, convoca nubes, no pude haber palabra sin el viento que la agita y la trasforma.

En trayectos nebulares, el poeta se hace demiurgo o niño, descorre las cortinas del universo, hace el salto como el hombre en la película El Cielo sobre Berlín, se asoma al vacío, se despoja del “yo” y se hace Pegaso en vuelo. Desde el niño en el balcón con su telescopio escudando el cielo hasta hacerse caballito que cabalga en las corrientes del cosmos, mundo onírico lleno de sutilezas cambiantes, tratando de descifrar la escritura cuneiforme de los sueños.

Es un texto dejado al viento, a lo que los labios le dicten, es hoja a hoja el paso de un querubín asirio, la mirada entre osarios perdidos en la montaña, un grito encerrado una grieta en el cerro. En todas esas imágenes hay una “realidad” escondida, un mundo sepultado, en Daniel se nota entre conejos danzantes y navíos filibusteros, hay un sol dormido entre las montañas, una agonía latente. Entre neblinas se sienten los fantasmas de muchos ausentes, de tumbas abiertas y olvidadas, de ríos furiosos tapando la ausencia. El poeta como el que sufre se transfigura en libélula con las patas arriba, impedida del vuelo, haciendo acrobacias de arlequín. Como muchos a esa libélula se le caen las alas, se mojan se aquietan, en el poema la agonía de la libélula, se nota como desaparece la bailarina de  los pantanos, se ahoga sin vuelo, es la súplica y el deseo de no rendirse, más la vida se agota y como el polvo desaparece de las ventanas, ella, en esta caso la poesía, se retira, esto duele. Hay mucho de sus poemas donde entre paginasen vestigios de versos, se siente ese dolor de pérdida, el abandono y el sepulcro, el olvido y la muerte.

Siempre ese esfuerzo de ojo ígneo robado de la luz del sol, insecto danzante, ese azul brillante, la parábola de la añoranza de un pueblo alado, ese estado latente, que se ven en algunos de sus poemas, encierra una clave, el tacto de las superficies, el roce con los límites de las cosas. El borde de la textura de un objeto, algo que se siente entre líneas, en intersticios, buscando la orilla del origen, el secreto de las bandadas de pájaros azules que parecen brotar de las ventanas. En esa escritura se abren compuertas, se pretende dar una muestra de un Edén como un habitáculo tosco, sencillo sin pretensiones, algo sagrado  pero con arrugas, roído y desvencijado, un lugar apacible, lleno de suicidas y de piedras cantoras. Cada inhalación es un poema añejo, arrugado, algo que reaparece después de la velación de cirios blancos, es una imagen del esplendor y del ocaso, pero también del despertar y de la alucinación.
Bóreas es un dios devastador, el anciano viento que hace crujir y quebranta las cosas que se tienen por seguras y adornadas. En la sección que corresponde dicho viento en el libro, el poeta ve el útero de la niebla, la gestación de burócratas, el limbo necio un amor de solteronas en un día de San Valentín,  una sección de partos desgarrados, de aguas sucias y de nefastos presagios en un mundo convulso y atrevido. Ese viento feroz nos trae el hollín, la podredumbre, lo escatológico, un tufillo terrible que deambula por las calles. Si ser panfleto, ni denuncia abierta, estos poemas causan escozor, duelen, uno se unta de ellos, quedamos impregnados, como una flota de la realidad que se hunde. Se siente temblor sobre soles apagados, la búsqueda del renacer de Augusta, pero profanada, tan sólo la muerte resinificada con gemidos.

Esta parte del libro tiene un tono apocalíptico, arrasador, el ángel del exterminio sulfuroso, matando aves, en este caso el vuelo, mostrando las montañas invadidas por desperdicios y basurales, son baladas tristes de montaña, heridas en los aparentes sanos pavimentos de la realidad. Hasta el viento muere al final, se abre el minero escarbando el corazón de las montañas, deja cadáveres de rostros purpúreos, y caen uno a uno todo ,o que vuela, los estorninos, las cacatúas, los gallinazos, los poetas, es un declive fatal, es un baile oscuro que acapara hasta el instante de la muerte. Restos de una luz que se apaga, dunas de arena donde vivieron  seres que no están. Más en toda esa zozobra, es ese mal estar que invade, existe un ser, hombre o mujer, que siempre está, parado, un poco terco, un poco demente. Su verdad temblorosa, desestabiliza los templos, busca las dos caras lunares, las junta, les habla, es quien devora realidades, las hiperelaidades compulsas, para dejar señales subterráneas en la piel, una sub realidad que esta entre la musculatura y el cerrojo del corazón.

Un mudo que parece se lo llevara el viento, el ser que vuela cae, la tormenta arrecia. El poeta parece un ángel desplumado, deja ver lágrimas con miedo, y aunque todo sea borrado por los huracanes, prevalece, sigue ese “yo existo” borrado como una sombra sobre la arena de una playa. La palabra, esa acción del verbo vida, sigue volando viendo cómo se decapitan los relojes, pasa el mar volando, sigue a fronteras desconocidas, pues sólo existe la palabra: palabra.

El poema adquiere más valor que un imperio, guarda lo abismos de la voz, seduce y viste al cuerpo. Y pese a las explosiones, siguen entrelazadas las palabras buscando el pubis de un ángel. Como en los Sueños de Akira Kurosava, en el momento que Una central nuclear cerca de Monte Fuj,  ha empezado a fundirse, tiñendo el cielo de un horrendo color rojo, una familia sabe que todo terminará con radiación, pese a todo contemplan ese final con los ojos abiertos, la muerte inacabada, la palabra que ayuda no olvidar como florece un loto blanco.

Por eso su último poema en el ritual del vuelo es un canto a sus amigos, la cita a una ceremonia donde asisten los alquimistas de la palabra. Los emisarios dela diosa Blanca, un despido báquico entes de la desaparición de una especie de seres que atraviesan el falso silencio del asfalto. Son voces múltiples, albatros de la tierra, tortugas ecuestres, caballos voladores, estorninos y aves negras, que sobrevuelan los vestigios de una ciudad en ruinas. Niñas ninfas dormidas, la última apacible condición de ver en sueños el canto ancestral de los pájaros. Es una invitación al verso ausente aún por escribir. Un homenaje a sus pares, a ese colegaje de infortunios y de deseos rotos, para asumir esas alas invisibles que se llevan a la espalda.

Un libro lleno de resonancias vitales, cargadas de desaliento y confusas imágenes danzantes, más un libro profundo donde el viento es protagónico y siempre hace de ser que nos empuja a esos desfiladeros donde el riesgo de escribir nos connota el vacío y a la vez la audacia. El acto de volar sin saber dónde vamos a caer, eso es hacer un libro de poemas.


lunes, 18 de febrero de 2019

EL PÁJARO Y LA LIBELULA









—      Fueron dos disparos

—     ¿Qué tipo de arma y bala?— Preguntó el Coronel Marvin puliéndose el bigote

—     Probablemente una semiautomática, modelo 92, bala de 9 mm


El detective miró nuevamente el cadáver de la mujer. Era joven sin duda. La sangre chorreaba de su cabeza y había permeado el libro que leía: una vieja edición del Paraíso Perdido de Milton. Una lástima, pensaba Marvin que alguna vez lo había leído, pues lo consideraba un buen libro. Aquella muchacha de nombre Selena aún permanecía con los ojos abiertos, quizás con las letras del último verso grabado en sus pupilas. El cuerpo no tenía ninguna marca y sus pertenencias que incluían un collar costoso aún permanecían en su cuello. Eso descartaba el móvil del robo. Aparte, aquella chica sólo tenía un computador, un par de cuadros y un gato que, desesperado, maullaba, quizás sintiendo ya el abismo de la ausencia. No había casi nada de un alto valor. El asesinato había sido en la biblioteca, curioso lugar que, profanado por la sangre, de repente le parecía a Marvin, un mausoleo de páginas.

Las balas habían procedido desde la ventana que tenía dos enormes agujeros que denunciaban la procedencia de los disparos. Quien hubiese sido, pensó Marvin, había ejecutado el acto desde afuera de la casa. Descartaba una bala perdida, pues no era una zona de la ciudad donde este tipo de acontecimientos fueran comunes y era un barrio de clase media tranquilo. Selena era una docente exitosa de una universidad de la ciudad. Se especializaba, sobre todo, en hacer estudios sobre el papel de la mujer en el siglo XIX.

Marvin se quedó un momento estudiando la biblioteca: el nombre de la rosa de Umberto Eco, la insoportable levedad del ser de Milan Kundera, el obsceno pájaro de la noche de José Donoso, Orgullo y prejuicio de Jane Austen, los nombres se reproducían en las estanterías perfectamente ordenadas. Tuvo la suerte de encontrar una libreta con el catálogo de libros y préstamos. Aquella mujer era bastante ordenada.

—     Ya vieron si falta algún libro— preguntó Marvin

—     No, no falta ninguno Coronel.

El coronel se acercó a la ventana, miró los alrededores. La ventana daba hacia una suerte de jardín que limitaba con la calle. No era difícil haberse acercado, pocas personas en las calles. El asesino había obrado como un fantasma pues ninguno de los vecinos lo había visto, solo habían escuchado los disparos. Sin embargo dedujo que, dada la posición y la forma de la abertura en la ventana, el asesino tenía que conocer el interior de la casa, también tenía que conocer las actividades cotidianas de la víctima, la señorita Giraldo Montoya. Era sin duda alguien cercano, alguien que entró y que, quizás en una lejana tarde, compartió un tinto junto a la ventana.

Marvin se acercó al escritorio, había una pequeña caja con una libélula pintada en la cubierta. La abrió. Encontró dos pares de aretes, un tornillo y un pequeño papel que decía: “La tierra se detiene cuando tú no estás. Mis hombros están cansados. Gracias por estar cerca. Te quiero. A.”

—     Escueto eh… ¿Quién será A.?

—     Podría ser el novio de la víctima, se llama Alexander— respondió uno de los policías

—     ¿Ya fue avisado?

—     No, aún no.

—     ¿A qué se dedica?

—     Me dicen que es un ingeniero, con una posición alta, en la constructora de los Villa

—     ¿En verdad no tenemos un solo testigo?

—     Me temo que no señor. Uno de los vecinos trabaja hasta altas horas de la noche y la otra es una anciana con algo de sordera.

—     Ya ya…Sospecho que no encontraremos nada más por ahora— dijo Marvin, rascándose la cabeza— Bien, el siguiente paso es entrevistar al novio y otras personas cercanas. Encárguense de trasmitir la noticia a sus familiares, yo me encargaré del interrogatorio mañana.

—     Sí, mi coronel.

—     Por ahora he de descansar, es tarde y me siento cansado.

Efectivamente, eran las dos de la mañana. El asesinato, calculaba, se había hecho entre las 11 y las 11:30. Pues alguien de la cuadra vecina había alertado de haber escuchado un ruido extraño. Se sentía un poco ensimismado, el sueño era bueno para organizar sus pensamientos. El viejo detective se dirigió  a su casa y, apenas tocó la cama, cayó inmerso en un sueño de ángeles que se rebelaban contra el cielo, como aquellos que describía Milton, con enormes alas emplumadas.

Al otro día se levantó, desayunó una tostada seca y se tomó un tinto cargado. Tenía un día duro por delante. Cuando llegó a la comisaría ya lo esperaban allí tres sospechosos, que habían sido especialmente conducidos hacia la jefatura por el caso. Además de una madre que, desconsolada, pedía justicia. El primero era, desde luego, su novio Alexander. Marvin sabía que en la mayoría de los casos, lo normal era que el amante, novio u esposo fuera el asesino, los motivos pasionales eran la causa más común de homicidios. El segundo sospechoso era un amigo de la universidad que solía venderle libros de segunda llamado Joaquín y por último una chica pelirroja, al parecer una antigua amiga y ahora rival, que no le perdonaba que se hubiera metido con Alexander, de quien en secreto estaba enamorada. El detective Marvin suspiró, tenía un largo día por delante.

El primer interrogatorio no arrojó muchos resultados. Alexander dijo que llevaba tan solo tres meses saliendo con Selena. Adujo que no eran novios oficialmente, que de vez en cuando dormía en su casa y que la noticia lo había dejado perplejo. Dijo que tenía una buena relación con Selena y que la quería mucho. Lo que sorprendió al detective fue constatar que Alexander se mostró extrañado cuando le mencionó la caja con la libélula y dijo no ser él quien le había otorgado ese regalo. Marvin le preguntó que si sospechaba quién pudiera ser, pero Alexander, algo contrariado, le dijo que no sabía, que Selena tenía pocos amigos. Uno era Joaquín, pero claramente su nombre no empezaba por a. Quizás fuera el regalo de algún exnovio o examante pensó Marvin, pero el mismo aún no entendía su obsesión con aquella libélula. Tal vez solo fuera un detalle circunstancial, pero, ¿por qué escuchaba tan fuertemente el sonido de los aleteos en su mente?

—        ­¿Le gustaban a Selena las libélulas?

—         No especialmente

—       ¿Peleaban mucho? Le recuerdo que debe decirme la verdad

—       ¡No! Al contrario, pasábamos buenos momentos: salíamos a bailar, veíamos peli, hacíamos el amor, ya sabe, lo que hacen todos los buenos amantes.

—       ¿Y dónde estaba exactamente anoche?

—      Quedé con Carlos y Miguel para tomarme unas cervezas. Selena sabía. Suelo ir allá varias veces al mes, soy un parroquiano habitual. Me gusta relajarme luego de una larga jornada de trabajo. Nos quedamos hablando del último clásico entre el Real y el Barcelona.

El novio tenía, al parecer, una buena cuartada. Incluso en el bar reafirmaron lo dicho. Era un tipo bastante común, a su parecer. Marvin iba a entrevistar a Joaquín, pero la chica pelirroja insistió en ser entrevista primero, mirando con desprecio al detective, pues según ella tenía mucho trabajo. Marvin conocía muy bien ese tipo de mujeres, chicas que les gustaba llamar la atención, que subían cientos de fotos a las redes sociales con la misma pose insulsa. Se presentó como Jimena. Desde el principio le molestó la actitud de la mujer, pero decidió que aquello no influenciaría en su criterio a la hora de analizar el caso. Le preguntó dónde se encontraba la noche del crimen, la chica pelirroja argumentó que trabajando.

—       ¿Trabaja en qué?

—       En un call center nocturno. Soy muy solicitada, ¿sabe? Los clientes aman escucharme. Aunque mi trabajo es muy aburrido. Me gustaría algún día ser modelo.

—      ¿con qué call center eh?

—       Es verdad, mi teniente- dijo un oficial- lo hemos comprobado

La mujer pelirroja le sonrió con displicencia.

—      Ve, se lo dije. Debería creer más. Quizás le empiece a ir mejor y el universo conspire por usted. Yo creo en el tantra, yoga, Wicca, horóscopo, tarot, ¿todo mueve energías sabe?

—       ¿Le tenía rabia a la víctima verdad?

—        Tal vez, ¡Era una engreída! ¡Mi Nenis la odiaba!

—        ¿Quién es la nenis?

—        Mi perrita pincher, es un amoris, ¿sabe?

—        Pues, no me termino de creer su cuartada…

—       Crea lo que quiera, tanto como cree en esa fea corbata con bolitas que lleva en el cuello.

El detective pudo confirmar que detestaba a la víctima, pero que ella nunca se atrevería a matar ni una mosca. De hecho, se mostró defensora de la vida, sobre todo animal. Y sus diálogos dieron cuenta de una escasa inteligencia que, en definitiva, no coincidía con el perfil del asesino, quien actuó muy inteligentemente para cometer el homicidio.

—       ¡Exijo un abogado! Y por favor, tráiganme un té de manzanilla. Dígale a sus empleaduchos. Hace un calor horrible. Podría estar hablando con Miguelito ahora mismo. Seguro quiere invitarme a bailar esta noche ¡Y yo aquí! ¡Qué horrible!

Marvin la despachó, tomó un poco de aire, y se propuso a entrevistar el tercer testigo. Joaquín entró tranquilo. Era un chico de gafas, abrigo gris y mirada perdida. Cargaba un libro de Dostoievski en sus manos. Saludó torpemente y entró a la sala de interrogatorios. Marvin le preguntó por su relación con la víctima. Joaquín dijo ser simplemente un compañero de trabajo de la facultad, donde ejercía como docente. Dijo que hablaba, de vez en cuando, en los descansos con ella. Pero que sus conversaciones eran en su mayoría sobre política y literatura. También confirmó que efectivamente le vendía libros a la víctima, que importaba de otros países por internet.

—       ¿Dónde se encontraba la noche del homicidio?

—       Leyendo

—       ¿Qué cosa?

—       Dostoievski

—       ¿tiene alguien que lo confirme?

—       No

—       ¿tiene algún sentimiento hacia la víctima?

—       No

—       Describa su relación con la víctima

—       Compañeros

—       ¿Conoce a alguien que odiara a la víctima?

—       No

—       ¿Cuándo fue la última vez que vio a la víctima?

—       Dos semanas

—       ¿Le dijo algo sospechoso en aquel entonces?

—       No

Marvin se estaba desesperando con aquel diálogo de monosílabos. Joaquín era un hombre de pocas palabras y no parecía que el temor o la intimidación funcionará. Su cuartada era la más floja, pero se dio cuenta que no extraería más información de aquel sujeto, así que terminó con el interrogatorio.

Por ahora dejó ir a los tres sospechosos. Tendría que recolectar más pruebas si quería tener las bases suficientes para ordenar la captura de alguno. A Marvin no sé le ocurría por dónde empezar. Se encontraba inmerso en un desierto, con pocas pistas y un sol que, cada segundo, le irritaba con más fuerza. Decidió mandar a su ayudante a que se dirigiera a la universidad y entrevistará a los demás profesores, pero sospechaba que no encontraría mucha información. Luego de pensar un rato decidió a ir a un bar del centro, en la noche, donde solía ir la victima los fines de semana. Cuando llegó y abrió la puerta, lo primero que entró por sus oídos fue una canción de jazz. Al fondo, una mujer, en un crescendo estallaba y su voz evocaba una tarde de lluvia en octubre. Reconoció en aquella voz melancólica a Ella Fitzgerald. El detective suspiró. Entrevistó primero al barman, un tipo simpático que hablaba sobre ovnis y conspiraciones, incluso en relación con el asesinato. Y luego entrevistó algunos parroquianos que no supieron darle ninguna información.

—      ­­­­­­­­­­Usted camina por este chiquero como un náufrago en una isla­— le gritó un hombre al fondo, recostado, con una botella de ron.

—       No entiendo- dijo Marvin, mirando molesto

—       Buscando algo de comida, pero no encontrara…Ya se la llevaron los buitres.

—       No tengo tiempo para borrachos.

—     Ah… ¿Y si le digo que había un hombre? Que miraba a Selene cada vez que venía, atentamente, desde las sombras

Marvin se quedó sin palabras. Le había tomado por sorpresa. Decidió escuchar, pero recibir la información con cautela.

—         ¿Ah sí? ¿cómo es eso?

—      ­Aquí se paraba. El hombre con el prendedor de libélula. La miraba desde las sombras, atentamente, escondido detrás de un libro.

—        ¿Quién?

—       No lo sé. Un tipo de pocas palabras. Siempre atento— dijo riéndose—, muy atento, se ve que le gustaba ese culazoo. Era un cazador de culos seguro.

El detective se acercó al sujeto, chocó sus manos contra la mesa, y mirándole fijamente a los ojos le dijo:

—        No tengo tiempo para las tonterías de un borracho. Si tiene información dígalo ahora. O sino me veré obligado a incluirlo en mi lista de sospechosos.

—        Usted no me intimida señor detective­— dijo el borracho— usted no es más que polvo. Polvo que camina y simula ser hombre. Pero solo polvo.

—       Me voy-—Dijo Marvin molesto.

—       Solo le daré una pista- dijo el borracho coqueto- ya que insiste. El hombre siempre llevaba un libro en la mano, de mi colega, otro gran ebrio, pero genio a su vez, de San Petesburgo.

—       Un ruso…

Marvin reflexionó un breve momento, pero no le costó mucho hacer la asociación. ¡Dostoievski! ¡Joaquín! Sí. Aquel mentiroso. No tenía la menor duda. Era él: el hombre de la libélula. Pero sabía que una referencia literaria no era suficiente para establecer una acusación sólida. Necesitaba más pistas. Su siguiente paso debía ser una jugada arriesgada. Como cuando pones la reina, como carne de cañón, en el ajedrez. Decidió entrar en la casa de Joaquín, conseguir una orden para poder entrar era un tramite engorroso, así que decidió esperar pacientemente a que se diera la oportunidad. Se dirigió a la residencia del sospechoso, que habitaba en un edificio oculto en una esquina del centro de la ciudad. Decidió que pasaría algunas tardes esperando a que el sospechoso desocupará la vivienda para poder entrar. Así pasó mucho tiempo entre café y algunos roscones dulces que eran sus favoritos. Pero el sospechoso no se atrevía a salir. ¿Qué era? ¿alguna suerte de ermitaño?

Luego de algunas semanas llegó al fin el momento que estaba esperando. Joaquín salió apresuradamente del edificio, alcanzó a percibir un gesto de preocupación en su rostro. Marvin salió de su vehículo y entró. Ya hace unos días se había gestionado una cuartada con una de las vecinas de Joaquín, quien le dio entrada y le permitió pasar del portero. Llegó a la puerta y la abrió, tantos años de perseguir asesinos y ladrones le había permitido aprender algunas de sus técnicas. El apartamento empezaba con un largo pasillo, decidió no prender las luces para no despertar sospechas y se defendió con la linterna de su celular. Luego había una sala sencilla, con una habitación. En la sala había un cuadro que emulaba el tríptico del jardín de las delicias de El Bosco y un solo mueble que, solitario y desgastado, daba una sensación de desasosiego. Entró a la habitación y abrió los ojos de par en par. Marvin se llevó una gran sorpresa.

La alcoba estaba llena de fotografías de Selena: Selena leyendo en el parque, Selena caminando, Selena cocinando, Selena sonríe mirando el mar, Selena tomándo un coctel de camarones, Selena haciendo una mueca de desafío, Selena dictando clase en la universidad, Selena en traje de baño, Selena mirando las estrellas recostada en una colina, y otras más. Marvin dudaba que él hubiera tomado las fotos, probablemente las había bajado de su Instagram o su Facebook. Pero lo más perturbador que encontró fue un cuadro, de una mujer parecida a Selena, sin ojos, tan sólo sus cuencas profundas y oscuras, como el abismo. Ya no tenía la menor duda: era la prueba final que necesitaba. Tomó algunas fotos y registros y salió apresuradamente. Tenía todo el material necesario para gestionar una orden de captura. Aquel hombre debía pagar caro su osadía y su obsesión, para el detective aquellos locos bien merecían estar encerrados en frías celdas acompañados tan solo por las ratas y los grillos.

Salió de la habitación y se dirigió a la inspección, no le fue difícil conseguir una orden de captura. Se dirigió de nuevo a la casa de Joaquín con algunos hombres, llegaron justo en ese momento que el sospechoso retornaba a su hogar. Al ver al detective supo inmediatamente que había sido descubierto su pequeño secreto. Aterrado, decidió correr y se metió a un estrecho callejón. El detective levantó su arma e inmediatamente lo persiguió. Le tocó esquivar canecas, costales de basura y tuberías. Joaquín logró subirse a una reja. El detective le apuntó con su arma y le ordenó detenerse, pero el sospechoso logró subir al otro lado. Maldijo e hizo lo mismo, se montó a la reja. La persecución siguió a través de pequeños callejones que parecían no terminarse nunca. Justo cuando creía que no aguantaría más llegaron a una pared sin salida. Joaquín había sido acorralado. Viendo que no tenía posibilidad levantó las manos y Marvin le apuntó con su arma. “Me entrego, pero han de saber que soy inocente. Solo estaba enamorado, jamás le hubiera tocado un pelo…” “Eso ya lo decidiremos nosotros” Le respondió Marvin.

Joaquín fue transportado a la comisaría donde fue encerrado. El detective Marvin procedió a hacer algunos informes y detalles adicionales antes de interrogarlo de nuevo. Luego de un rato preparó una taza de café bien negro, como le gustaba y abrió la puerta de la habitación de interrogatorios

—     Quiero preguntarle: ¿Por qué no fue sincero conmigo la anterior vez?

—     No sé de qué me habla

—     O sí que lo sabe: las fotografías en su habitación, los ojos cortados, una obsesión enferma, todo le delata Joaquín, no puede ocultar lo evidente- dijo el detective tomando un sorbo de café

—     Hasta donde sé, entrar en un apartamento sin orden es una violación a la propiedad privada

—     No está en condiciones de reclamar. Responda la pregunta. ¿Por qué no fue sincero?

—     Por qué me avergüenza, me atormenta, me duele…- dijo efusivo- ¿es lo que quiere saber verdad?

—     Estaba muy enamorado de Selena, ¿verdad?

—     Sí. Yo la amaba. En verdad. No como el idiota de Alexander…su muerte me conmovió terriblemente. Llevo días sin salir. Encerrado en la habitación. Intentando capturar algo de su recuerdo en algunas líneas.

—     ¿Sentía celos o envidia?

—     Sí, pero no de ella, de él. Él no la merecía. Era una mujer única. Movía sus brazos y era como ver un par de alas. Sus palabras quedaban como ecos en la piel. Yo sólo podía mirarla y escucharla obnubilado cuando la veía en la universidad. Era como estar frente a una presencia sagrada.

—     Claramente lo veo, montó usted un templo en su casa en su honor. Además le cortó sus ojos…

—     Ah eso…Sí. Corté los ojos del cuadro. ¿Yo mismo lo pinté sabe? Un día que ella estaba en mi casa. Los recorté luego de su muerte. Duermo con ellos todos los días. Me gusta pensar que me mira donde quiera que esté. Que aún puede parpadear cuando le hablo sobre Dostoievski o Kafka y mover sus ojos con esa coquetería tan propia, tan efusiva, tan tonta…

Al decir esto Joaquín no aguantó, se puso las manos en la cara y rompió a llorar. Toda la máscara de fuerza que hasta ese momento había mostrado ante el detective se derrumbó.

—     Bien, ya hablaremos luego Joaquín— Dijo el detective parándose. Ya había escuchado todo lo que necesitaba.



Marvin salió de la sala de interrogatorios. Estaba cansado. Sentía que sus hombros se iban hacía el piso. No pudo menos que sentir lástima por aquel hombre enamorado, pero a su vez, si era culpable, debía pagar por su obsesión malsana. Sin embargo, ¿Por qué había algo que en el fondo no le cuadraba? ¿Por qué sentía que había olvidado algo importante? Se dirigió a su casa caminando, tenía la cabeza invadida de nubes negras. No más entrar, lo recibió Stim, su fiel canino, un Huskee juguetón. Lo acarició, le dio comida, se quitó la chaqueta y se fue directo a su cama. Miraba el techo pensativo. A pesar del cansancio le costó conciliar el sueño, pero luego de un rato los parpados se fueron cerrando lentamente. Afuera, en las calles cercanas, un farol, luego de un breve parpadeo, se extinguía en silencio.

Se vio así mismo de repente en una suerte de paramo habitado por frailejones, cocuyos y libélulas. Era de noche y lo único que se escuchaba era la serenata de los grillos y el paso cansado del viento. El suelo estaba húmedo y pantanoso. Se desplazó a través de la hierba y se acercó a un pequeño estanque. Recogió un poco de agua con sus manos y se la echo sobre el rostro, pensando quizás que efectivamente se encontraba en un sueño y deseaba despertar, pero no funcionó. Se paró y miró a los alrededores buscando entender. Las estrellas seguían en su mismo sitio. Intentó buscar lo diferente, lo que no encajaba, pero justo en ese momento la respuesta llegó sola. Al estanque llegaban una multitud de libélulas que, poco a poco, iniciaron una danza que, pensó Marvin, era la misma de los rituales de apareamiento. Eran demasiadas libélulas y, pasados unos minutos, era difícil caminar o movilizarse.

Pero lo que más llamó la atención al detective fue una libélula que tenía cinco veces el tamaño de una libélula normal. Estaba en todo el centro y las demás libélulas evitaban tocarla y parecían rendirle una suerte de respeto sagrado. No pudo evitar sentirse atraído por su presencia. El mismo Marvin parecía tentado a dejarse llevar y unirse al baile. Así pensaba hacer, cuando de repente sopló una brisa muy fuerte y de repente un pájaro, de enormes proporciones, se asentó muy cerca. Era un pájaro negro, tan negro como la cúpula del cielo. El pájaro se acercó lentamente y luego en un ágil vuelo logro acercarse a la gran libélula y meterla en sus fauces. Un grito terrible se escuchó en el cielo. Un grito que parecía no provenir de este mundo. Las demás libélulas se dispersaron. Una sombra se extendió sobre el páramo. El detective no pudo moverse y se entregó a aquel abismo insondable.

Se despertó sudando. Y entonces comprendió. Se lavó los dientes rápidamente, el sol apenas estaba saliendo entre las montañas. Se puso el abrigo y salió disparado hacia la calle. El destino: la escena del crimen. Al llegar entró a la biblioteca, los objetos claves habían sido desalojados, pero los libros continuaban allí esperando un lector que tal vez nunca llegaría. Marvín estudió de nuevo los títulos, sabía que no podía haberlo olvidado, aquel título que había evocado su sueño. Allí estaba, con la misma página, un libro con una caratula con un pájaro oscuro y terrible. No era un cuervo. Era un pájaro aún más aterrador. Leyó el título: el obsceno pájaro de la noche, del escritor José Donoso. No lo conocía. La contraportada hablaba de un escritor chileno. Decidió abrir sus páginas. En la primera página había un pájaro comiéndose a una libélula. Y tenía una nota:

“A mí también,

Como en este libro,

Me habitan los monstruos,

Se agitan por las noches,

Y caminan los senderos de mi mente,

Buscando una grieta,

Buscando una pizca de sentido,

En esta existencia tan agobiante,

Cuando tú no estás para abrazarme

Para recordarme aquella dulzura

Inherente al olvido                                                                                                                                                             

Att. Ana J.

PSD: Tú eres la libélula, déjame danzar contigo, en la noche, una vez más”



¿Ana? ¿A.? ¿J.? Ahora todo tenía sentido. Salió corriendo de aquel lugar. Tenía a su asesino y debía capturarlo antes de que fuera demasiado tarde. Hizo una llamada a la estación pidiendo algunos refuerzos y tomó un taxi que lo llevará rápido. Mientras el vehículo se movía, a través de una ciudad invadida de trancones y méndigos, trató de entender cómo ella lo había engañado y más aún, se asustó, porque entendió que, por primera vez en mucho tiempo no logró leer el rostro de una persona. Así llegó a esa extraña esquina de la ciudad, cerca a un parque y un cementerio. Se bajo del taxi y se acercó al edificio de apartamentos. El portero le dijo que ella no estaba. Mostró su identificación como policía y le fue otorgado el acceso inmediato. Subió a toda prisa las escaleras, con miedo de que aquel pájaro, escapase por las ventanas.

Tocó la puerta. No encontrando respuesta decidió usar la fuerza para abrirla. Un par de golpes fuertes y la puerta cedió. Entró a una casa muy organizada, en un orden inquietante. Buscó en la habitación central. Se sorprendió con lo que encontró allí. Había rascacielos de libros allí y sobre la pared un poster gigante de Pink Floyd. No entendía. Aquella chica cuando la conoció se había mostrado como alguien artificial, vacío y de una vida carente de reflexiones profundas. Pero ahora se le revelaba otra mujer muy diferente, con un pensamiento complejo. Lo peor era constatar que, efectivamente, ella no se encontraba en el apartamento. ¿Dónde podía estar? Le pareció recordar que tenía un perro, tal vez estuviera cerca paseándolo. Decidió salir del edificio y probar suerte por si la encontraba en los alrededores.

Y la vio allí, parada en el parque, con su perro, mirando como perdida el horizonte. Los ojos abiertos de par en par, como si tuviera una revelación. Vestía diferente: tenía un vestido negro, en su mano derecha aquel mismo libro de Dostoievski, en la izquierda el lazo del perro. Marvin se acercó despacio y  sujetó con su mano izquierda la pistola.

—       ­Bueno, supongo que el juego ha terminado— dijo Jimena

—      Ha jugado usted muy bien su papel— dijo el detective— sería capaz de engañar al mismísimo diablo.

—       Sí, pero me ha encontrado. Y eso me sorprende. Creí no haber dejado ningún cabo suelto.

—       Sus pasiones, la literatura la traicionó. A veces dejamos un par de palabras que olvidamos con el tiempo…

—       Sí. Puede ser. Yo la amaba, ¿sabe?

—       ¿Por qué la mató entonces?

—       Era necesario- dijo la chica mirándole fijamente- ¿Qué sigue ahora?

—       Será usted detenida y un juzgado determinará su condena.

—       Está bien

—       ¿cómo puede estar tan tranquila?

—      Esta no fue una decisión precipitada detective, conocía los riesgos. Hay muertes necesarias que traen aires de liberación. Su caída fue el precio que pague, antes de que mi mente cayera en la locura. Su presencia en esta realidad, que usted y yo habitamos detective, era inaceptable, como un color rojizo que no combina con el resto del lienzo.

El detective no le respondió. Simplemente la apresó y la condujo a su carro. En ese momento llegaron los refuerzos. Pero la mujer no opuso ninguna resistencia y fue conducida al vehículo. Marvin se preguntó por la brevedad de la vida, por aquella fuerza que motiva a apretar el gatillo y condenarse. De alguna manera sentía empatía por la asesina, y saberlo, era algo que le atormentaba. Abrió sus manos, intentó rastrear en aquellas líneas algo de ese instinto que le conformaba. Cerró los ojos y por un momento entendió que tal vez él, al igual que Jimena, no danzaba en los estanques, era del pueblo de los pájaros.