Por Yenny León
La
constelación perdida se abre con el nombre de una musa:
Polimnia. No es casual. Polimnia, en la mitología griega, es la musa de los
himnos sagrados, la retórica y la poesía solemne; aquella que, con gesto
recogido y mirada grave, invoca la memoria espiritual de las palabras. Desde
ese primer gesto, Daniel Acevedo parece recordar que la poesía, incluso cuando
nace del duelo o del temblor de la pérdida, tiene algo de invocación, de voz
que se eleva en lo íntimo para tocar lo inasible. En su libro, lo perdido no se
grita: se musita. Y cada poema es una plegaria estelar que busca orden en el
cielo raso de la memoria.
Este
libro propone un tránsito entre el lenguaje narrativo y el poético, entre el
diario íntimo y la elegía cósmica. Sus páginas reúnen versos y pasajes en prosa
que se entrelazan como si la voz lírica necesitara explorar diversas formas de
decir, de recuperar lo vivido, de reconstruirse. Así, lo autobiográfico se
funde con lo simbólico, lo cotidiano con lo sagrado.
Hay
en sus poemas un impulso genuino por traducir el recuerdo en imagen. Algunas de
ellas, especialmente logradas, interrumpen la linealidad para instalar la
belleza: “la palabra sobrevive bajo tierra”, “la memoria es un charco de lluvia
sobre la calle”, “me saludabas con el respeto que se tiene a los relámpagos”.
En estos instantes, el lenguaje encuentra una cadencia que rasga lo profundo.
A
lo largo del libro, la nostalgia y el deseo se despliegan como líneas de una
misma constelación afectiva. La figura de la madre, los espacios de la
infancia, las grietas del cuerpo y de la tierra se superponen en una búsqueda
que no pretende restituir un centro, sino mapear sus fragmentos con ternura.
En
algunos tramos, la voz poética parece extenderse más de lo necesario, como si
el deseo de nombrarlo todo dificultara la respiración del poema. Sin embargo,
esa también amplitud da cuenta de una voluntad de entrega: de quien no teme la
abundancia porque intuye que solo entre ruinas y plenitudes puede aparecer lo
verdadero.
En
varios momentos, el poemario se deja atravesar por referencias al cuerpo como
archivo del dolor, pero también como vestigio del asombro. El cuerpo que
recuerda, que extraña, que se inclina ante lo perdido, es también el que
escribe: “me perseguía una sombra irreconocible de colmillos lunares”, dice uno
de los versos más potentes. Esa sombra parece ser, a la vez, la del amor, la
del miedo y la del lenguaje mismo cuando roza sus límites.
La
figura materna aparece como centro gravitacional de muchas de estas piezas. No
se trata únicamente de evocarla como una ausencia, sino como una constelación
simbólica desde la que se organiza la experiencia: lo nutricio, lo que se va,
lo que permanece. La madre, aquí, es casa y es abismo. Es palabra que se anhela,
pero también silencio que se acepta.
Hay,
además, una inclinación por lo mitológico y lo cósmico, por las formas de lo
alto como espejo de lo íntimo. La constelación no es solo metáfora de lo
perdido, sino del modo en que el yo busca ordenarse entre fragmentos. Cada
poema es un intento de nombrar desde la dispersión, de reunir astros dispersos
para formar una figura que contiene, que diga.
El
tono elegíaco del libro se entreteje con una sensibilidad contemporánea: no hay
en estos poemas un afán de heroísmo ni de solemnidad, sino una voz que sabe
dudar, que se permite el temblor. En esa vulnerabilidad radica gran parte de su
valor. Porque más que certidumbre, el poemario ofrece una pregunta abierta:
¿qué hacemos con lo que ya no está?, ¿cómo se nombra la ausencia sin que se
desvanezca por completo?
La constelación perdida es, al final, un ritual de escritura. Un gesto de alguien que observa el cielo para entender su propio eco en la tierra. Un libro que, más que cerrarse en un sentido, deja abiertas múltiples puertas para entrar al asombro.
Sobre la autora
Yenny León (Medellín, 1987) es filóloga hispanista de la Universidad de Antioquia y docente en la Red de Escritores de la misma universidad. Obtuvo el I Premio de Poesía Joven Ciudad de Medellín con su poemario “Tríptico”, convocado por la revista Prometeo y el Festival Internacional de Poesía de Medellín en 2011. También ocupó el primer puesto en el I Premio Nacional de Poesía Joven Andrés Barbosa Vivas (2011) con su poema “Mujer de agua”. En 2012 ganó la IX Beca a la Creación Artística y Cultural Ciudad de Medellín. En 2013 la Editorial Planeta publicó su poemario “Entre árboles y piedras”. Ha participado en diversos festivales de poesía y sus escritos han sido publicados en revistas literarias nacionales e internacionales.