Despedida de la Maga

Despedida de la Maga

Sobre "Devenires Prosaicos":

Devenires Prosaicos es un espacio por y para la literatura. Un espacio en el que planeo compartir reflexiones, fragmentos, poemas y cuentos. Deseo entonces dejar aquí escritas algunas pequeñas huellas, mis propios trayectos, mis propios devenires ¡Sed bienvenidos a devenires prosaicos!


Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de agosto de 2019

LA REVELACIÓN AUSENTE




I.

¿Me creerían cómo pasó? Aún siento ese dolor. Aún vive en mí. Y antes de volverme completamente loco, de perderme en ese territorio donde las neuronas son una montaña rusa de desencuentros eléctricos, quiero dejar un registro de quién fui y de lo que queda de mí, ahora que todo se ha perdido. Todo empezó con un pequeño sangrado en una encía. “Gengivitis” decía mi madre señalándome con el dedo y, en un suspiro, me aseguraba que no me preocupara. “Lávate los dientes y usa la seda. Es por esas salsas que le echas al arroz”. Obedecí a regañadientes, subí las escaleras y entré al baño. Me froté una y otra vez la encía lastimada con el cepillo, un molesto dolor aparecía en cada frotación, en cada caricia de sus hebras. Aun así, insistí con un ánimo masoquista, no muy propio de mí. Apretando la encía. El resultado fue el mismo: dolor y sangre.

Decidí dejar descansar la boca, y echarme sobre mi cama, cerrar los ojos y pensar en los senos de Manuela. Eso me distraía. Me llevaría la mente lejos de ese dolor. La técnica parecía funcionar, por un instante, aquella molestia desapareció. Y, poco a poco, aquellas montañas salvajes fueron desplazando toda queja. Mi mano derecha apretó un poco el aire, pero no obtuvo resistencia. Cayó sobre la cama y mis ojos se cerraron lentamente. No me acuerdo que soñé ese día, quizás con algún río que se desbordaba y destruía un pueblo que se asentaba en sus orillas. Lo último que se veía era el enorme crucifijo de la Iglesia central engullido por la creciente infinita. Era, sin temor a decirlo, horrible.

Cuando me desperté, en la mañana, mi boca dolía peor que el día anterior y sentía en mi lengua ese sabor metálico tan característico de la sangre. Me levanté inmediatamente y me dirigí de nuevo al baño. El espejo me devolvió una imagen de pesadilla. Mis dientes estaban impregnados con una capa roja y la encía no paraba de sangrar. Horrorizado, de mi garganta intentó surgir un grito, pero en vez de ello se transformó en una fuerte tos, que me hizo doblarme en dos sobre el suelo. Mi madre subió apresuradamente y al ver mi estado se alarmó. Me preguntó si le había hecho caso con lo del cepillo, le dije que sí, me tomó del brazo y decidimos ir a urgencias odontológicas. Mi madre me bajó rápidamente por las escaleras y me montó en el carro. Me sorprendía esa habilidad de acróbata de circo ruso de esquivar obstáculos como floreros, puertas y muebles atravesados.

Ella prendió el carro y arrancamos. Recosté mi cabeza sobre la silla, intentando frenar la hemorragia, pero era inútil. Mi madre manejaba en silencio. La comunicación nunca fue nuestro fuerte. Así lo fue siempre, desde que era un pequeño muchacho, hasta ahora. A veces me preguntaba si era realmente su hijo. Hasta físicamente éramos diferentes: Ella tenía su cabello rubio y crespo, yo negro y largo; ella tenía un color de piel claro, yo era trigueño; a ella le gustaba el baile y la música; yo era más bien retraído y, en definitiva, un maniquí bailaba mejor que yo. Pero sobre todo, ella siempre tenía una respuesta para cada pregunta, sin importar cual fuese, yo tenía muchas preguntas, pero no me servía ninguna de sus réplicas absurdas. Por eso el silencio habitaba en aquel vehículo, que me llevaba a través de un paisaje urbano de edificios, carros y transeúntes teñidos de rojo.



Llegamos al hospital. Tenía ya un fuerte dolor de cabeza. Inmediatamente fui ayudado por algunas enfermeras que me llevaron hasta la zona de odontología. Allí me recostaron en una camilla y fui ingresado a una habitación blanca llena de elementos quirúrgicos. El odontólogo me miró con preocupación y abrió mi boca para examinarme más detenidamente. Algo debió encontrar allí, en aquellas grietas de hueso, algo que le sorprendió (y no gratamente), porque aquel odontólogo abrió la boca para gritar, pero su grito no pasó del tapabocas, que lo protegía de la indiscreción selectiva.  Hizo algunas indicaciones a las enfermeras y salió a toda prisa, como quien acaba de encontrarse con un fantasma o un asesino serial. Una de las enfermeras se encogió de hombros, la otra hizo una seña y me pusieron una inyección. Era anestesia. Como no podía ser de otro modo perdí el conocimiento.

Cuando volví a abrir los ojos me encontraba en un cuarto oscuro. Estaba sólo. Los médicos y enfermeras habían desaparecido. No sentía mis dientes y mi lengua. Seguía dormido. No podía saber si la operación había sido un éxito. Tampoco era capaz de moverme. Tenía algunas nauseas producto del volver de la anestesia. Quise llamar a alguien pero desde luego no podía hablar. Intenté mover las manos pero no tenía muchas fuerzas. La impotencia se apoderó de mí. No me gustaba enfrentarme ante la incertidumbre y la imposibilidad, me sentía indefenso, como un cordero ante un lobo en medio del bosque. ¿Dónde estaban todos? ¿y por qué tenía ese horrible presentimiento de que algo no iba bien?

La puerta se abrió y alguien encendió la luz. Un hombre, de barba blanca y unos enormes anteojos, se me acercó y me examinó lentamente. Su cara era bastante seria. “Malas noticias, amigo” anunció con un tono de voz pausado, pero seguro. “Hemos tenido que extirpar su boca”. Creí que no había escuchado bien, tenía que ser una broma. Es imposible extirpar la boca. Eso se sabía. Pero no pude hacer ninguna replica. No podía hablar. Levanté mi mano y toqué mi rostro. Solo sentía una venda que tocaba mi cara. No sentía mi boca. Pero ya no era efecto de la anestesia. ¡Realmente mi boca había desaparecido! Quise gritar, quise patalear, pero no podía. Aquel hombre me pidió que calmara. “Por favor, cálmese, con el tiempo se acostumbrara, lo hicimos para salvarle la vida”. Me levante, me fui corriendo al baño. Una enfermera intentó detenerme pero el doctor le hizo una seña negativa.

Llegué al baño, me quité la venda rápidamente. Estaba desesperado. La imagen que me devolvió el espejo fue impactante. Mi rostro seguía tal cual, pero la boca simplemente no estaba. Sólo había una pared de piel. Era como uno de aquellos fantasmas de las películas, un rostro sin aberturas, un monstruo de aquellos que aparecen en las noches para asustar a los infantes incrédulos y los hacen orinar en sus camas. El impacto fue tanto que, no pude aguantar, y me volví a desmayar. Cuando me desperté estaba de nuevo en la cama. A mi lado estaba mi madre, quien lloraba, y el doctor, quien me miraba fijamente. Poco a poco la desesperación fue dando paso a la depresión y la impotencia. No tenía energías. Simplemente los miré con desprecio. No quería saber nada: ni de mi enfermedad, ni sus falsos lamentos, ni del hecho que mi boca había desaparecido como un gusano en la tierra, a partir de ahora se me retiraba la palabra y se me condenaba al silencio sempiterno.

II.

Ha pasado un año entonces desde aquellos acontecimientos. A partir de allí debo decir que lo que siguió ha sido un auténtico infierno. Mi vida dio un giro, no de 180 grados, sino vueltas y vueltas como un trompo. Lo primero fueron los cambios en mis hábitos de vida: como un mudo me tocó aprender a comunicarme por señas, también todos los días tienen que conectar un tubo a mi garganta por donde introducen mi comida (¡Cómo extrañó el sabor de unos frijoles o de unas buenas pastas con bologñesa!). La boca no la pueden abrir, porque según los médicos, el mal permanece allí encerrado, una bestia que espera impaciente en su caverna. La gente empezó a llamarme el “sin boca”, el “careglobo”, “Mutante”, “el monstruo de la calle 36”, “el zombie”, “el extraterrestre del planeta Sinbocalis” y toda clase de epítetos. Los pocos amigos que tenía se habían alejado, poco disimuladamente, de mí. Extrañaba el sabor de los spaguettis, del helado de macadamia, del vino, de una carne bien asada. No salía casi de mi casa, y cuando lo hacía me acostumbre a usar máscaras para la parte inferior de la boca. Lo que motivo un nuevo apodo: “Sub-zero”. Pasaba largas jornadas de depresión recostado en mi cama, mirando al techo y, exigiendo a esa oscura divinidad que me había castigado, una explicación por mi dolor.

Pasaba mis días en el extravío. Sin rumbo. No tenía trabajo. No estudiaba. ¿Quién contrataría un tipo deforme como yo? Mi madre al principio simuló comprensión y ternura, pronto aquella actitud fue deviniendo una suerte de asco y resignación. La veía evitarme lo más posible, eran pocas las veces que cruzábamos nuestras miradas. Y aquella brecha que existía entre nosotros, se aumentó. Vivíamos juntos, pero a la vez, estábamos muy lejos el uno del otro, había un abismo infranqueable. Decidí abandonarlo todo y encerrarme. Pasaba tardes enteras leyendo libros o viendo videos en el internet. También me volví adicto a los crucigramas. Los crucigramas proponían un diálogo, una conversación, me preguntaban y por un momento sentía que respondía, que hablaba, que mi boca ausente invocaba la respuesta y quedaba allí impregnada en el papel. Eran, quizás, los últimos amigos que me quedaban.

¡Ay del silencio! ¿Cuánto se necesitaba para comprar una palabra? ¿Un grito? En medio de esta monotonía. Días que no tenían oídos, y se arrastraban, lentamente, como gusanos en el asfalto. Había instantes en que creía ver bocas: bocas en las paredes que se abrían y cerraban, pero que no emitían ninguna palabra, sólo sonreían burlonas. A veces parecían pronunciar algo, pero me costaba escuchar sus susurros. Mi propia cama eran dos enormes labios, dispuestos a abrirse y a tragarme a través de la abertura del mundo. Yo era un prisionero de aquel mutismo y quietud. Mi madre su cómplice. No teníamos visitantes. Ni el viento se atrevía a entrar por la ventana de mi casa. Quien no puede hablar está condenado al ostracismo y la vergüenza. Sin embargo: es curioso, y quizás esa sea la razón por la que no me suicidaba, a pesar de todo se sentía un fresco, como una suerte de revelación que esperaba ser escuchada. A veces, miraba de un lado al otro, escuchando atentamente y esperando las palabras precisas. Era un monje que habitaba en los bosques del silencio.

En esos pensamientos estaba cuando me llama mi madre. Voy a su habitación. Está enferma, recostada en su cama, tiene su rostro demacrado con dos enormes ojeras. Incluso en aquel momento evita colocar su mirada sobre mi rostro. ¡Qué tan lejos estamos! A pesar de que era mi madre no podía sentir lástima por ella. Ni siquiera por mí mismo. El mecanismo de la compasión se había atrofiado. Cierro el puño fuertemente buscando disimular la tensión. Ella me pide que por favor fuera al super y comprara una bolsa de leche, unas papas y una libra de arroz, ya que ella no tenía fuerzas. Simplemente asiento y me retiro. Voy y busco aquella máscara que busca disimular lo imposible. Odio salir, de hecho creo que llevaba un par de semanas sin hacerlo, pero morir de hambre no es una opción.

Trato de caminar por las calles rápidamente, pero es difícil no notar algunas miradas curiosas sobre mí. Ese teatro improvisado es lo que odio. No estoy preparado para la función. Acelero el paso. Finalmente llego al  súper que está a tres cuadras de mi casa, pero que para mí fueron muchos kilómetros. Es un súper pequeño atendido por un sujeto bonachón de bigote. Tengo suerte de que tan sólo hay dos clientes: uno es  una anciana de vestido de florecitas y la otra es una chica muy atractiva de gafas negras, más o menos de mi misma altura, un vestido negro y unas buenas tetas. No pude evitar mirarla. Pensé que me haría algún reclamo, pero la chica sólo sonrió y siguió agregando algunas cajas de cereal a su carrito. Decido no perder el tiempo, y rápidamente voy a seleccionar las cosas que necesito. Cuando llego, la chica de gafas negras ha desaparecido y el tendero bonachón, acostumbrado a verme un par de veces me sonríe con una falsedad, pero tras sus ojos detecto ese asco que habita en todos lo que me miran. Le entrego los billetes y me dispongo a irme. Él me dice que espere, que tengo un mensaje. Le miro asustado. Me entrega una hojita. Agarro mis cosas y salgo del Súper. Afuera, a buen recaudo, abro el mensaje. Dice: “Te espero en el baño. Tengo algo muy importante que decirte. Te conviene. Besos”, acompañado de una carita feliz.

¿Qué clase de broma de mal gusto es esta? Debía irme. No prestar atención al mensaje. Pero, ¿por qué ese mensaje de repente? Y si fuera la revelación que estaba buscando. No puedo evitar dejarme llevar. ¿Qué tenía que perder? La muerte hace tiempo había dejado de ser un riesgo para mí. Ese miedo se fue con mi boca, enterrada en algún tierrero, con mi lengua, llena de gusanos  de colores grisáceos, alimentándose de las palabras que nunca diré. Entro con decisión al súper, el tendero me miró con sorpresa. Me dirijo al baño y abro la puerta. No veo a nadie. Sabía que era una broma. Lo sabía. Decido acercarme al espejo y lavarme la cara. Froto mis manos con fuerza contra mis ojos. Cuando los vuelvo abrir algo ha cambiado. Unos brazos femeninos me abrazan la cintura. A través del espejo veo aquella mujer atractiva que horas antes había visto en la tienda. Todavía lleva las gafas negras. En silencio besa mi cuello. Creo estar en una suerte de sueño. Me vuelvo a frotar los ojos. No, no es un sueño. Ella es real y habita en el espejo y en mi piel que es tocada por sus manos juguetonas.
No puedo reclamarle. Así que intento hacer algún gesto de protesta frente a esa invasión inesperada. Ella río. Luego me dice: “Pobre tonto qué eres. No sabes lo mucho que he buscado a alguien como tú”. Hago una seña con los dedos que intenta reflejar torpemente la palabra “imposible”. “No lo entiendes verdad” dice acariciándome la cara. Niego con mi cabeza. “Tú tienes una ausencia, esperas una revelación”. La miré sorprendido. “Ahora te preguntas cómo lo sé. Pues bien. Ambos somos de la misma especie. Yo también lo he sentido. Ese viento que no respira. Los lagartos como tú y yo, que pierden su cola, necesitan de otro desgraciado, para que vuelva a crecer. Ambos somos la manifestación de la ausencia”. Diciendo esto se quitó las gafas. No pude menos que sorprenderme. Aquella mujer no tenía ojos. Al igual que mi boca solo tenía piel donde deberían estar. Parecía, en verdad, así, un visitante ajeno a este mundo, quizás un ángel o un espíritu de otro plano de la realidad. No caí ante el horror, seguía siendo atractiva para mí. Ella tenía razón: la ausencia nos conectaba.

Entonces ella se acerca. Me quita la máscara. Me dejo. Y besa aquel lugar donde alguna vez estuvo mi boca. Una descarga eléctrica invade mi cuerpo. Mis brazos la agarran. Es un beso profundo, increíble. Y, en medio de ese baño, húmedo y semioscuro, de un súper de la ciudad, siento que tengo boca otra vez. Aún quedan al menos dos palabras por decir.




lunes, 18 de febrero de 2019

EL PÁJARO Y LA LIBELULA









—      Fueron dos disparos

—     ¿Qué tipo de arma y bala?— Preguntó el Coronel Marvin puliéndose el bigote

—     Probablemente una semiautomática, modelo 92, bala de 9 mm


El detective miró nuevamente el cadáver de la mujer. Era joven sin duda. La sangre chorreaba de su cabeza y había permeado el libro que leía: una vieja edición del Paraíso Perdido de Milton. Una lástima, pensaba Marvin que alguna vez lo había leído, pues lo consideraba un buen libro. Aquella muchacha de nombre Selena aún permanecía con los ojos abiertos, quizás con las letras del último verso grabado en sus pupilas. El cuerpo no tenía ninguna marca y sus pertenencias que incluían un collar costoso aún permanecían en su cuello. Eso descartaba el móvil del robo. Aparte, aquella chica sólo tenía un computador, un par de cuadros y un gato que, desesperado, maullaba, quizás sintiendo ya el abismo de la ausencia. No había casi nada de un alto valor. El asesinato había sido en la biblioteca, curioso lugar que, profanado por la sangre, de repente le parecía a Marvin, un mausoleo de páginas.

Las balas habían procedido desde la ventana que tenía dos enormes agujeros que denunciaban la procedencia de los disparos. Quien hubiese sido, pensó Marvin, había ejecutado el acto desde afuera de la casa. Descartaba una bala perdida, pues no era una zona de la ciudad donde este tipo de acontecimientos fueran comunes y era un barrio de clase media tranquilo. Selena era una docente exitosa de una universidad de la ciudad. Se especializaba, sobre todo, en hacer estudios sobre el papel de la mujer en el siglo XIX.

Marvin se quedó un momento estudiando la biblioteca: el nombre de la rosa de Umberto Eco, la insoportable levedad del ser de Milan Kundera, el obsceno pájaro de la noche de José Donoso, Orgullo y prejuicio de Jane Austen, los nombres se reproducían en las estanterías perfectamente ordenadas. Tuvo la suerte de encontrar una libreta con el catálogo de libros y préstamos. Aquella mujer era bastante ordenada.

—     Ya vieron si falta algún libro— preguntó Marvin

—     No, no falta ninguno Coronel.

El coronel se acercó a la ventana, miró los alrededores. La ventana daba hacia una suerte de jardín que limitaba con la calle. No era difícil haberse acercado, pocas personas en las calles. El asesino había obrado como un fantasma pues ninguno de los vecinos lo había visto, solo habían escuchado los disparos. Sin embargo dedujo que, dada la posición y la forma de la abertura en la ventana, el asesino tenía que conocer el interior de la casa, también tenía que conocer las actividades cotidianas de la víctima, la señorita Giraldo Montoya. Era sin duda alguien cercano, alguien que entró y que, quizás en una lejana tarde, compartió un tinto junto a la ventana.

Marvin se acercó al escritorio, había una pequeña caja con una libélula pintada en la cubierta. La abrió. Encontró dos pares de aretes, un tornillo y un pequeño papel que decía: “La tierra se detiene cuando tú no estás. Mis hombros están cansados. Gracias por estar cerca. Te quiero. A.”

—     Escueto eh… ¿Quién será A.?

—     Podría ser el novio de la víctima, se llama Alexander— respondió uno de los policías

—     ¿Ya fue avisado?

—     No, aún no.

—     ¿A qué se dedica?

—     Me dicen que es un ingeniero, con una posición alta, en la constructora de los Villa

—     ¿En verdad no tenemos un solo testigo?

—     Me temo que no señor. Uno de los vecinos trabaja hasta altas horas de la noche y la otra es una anciana con algo de sordera.

—     Ya ya…Sospecho que no encontraremos nada más por ahora— dijo Marvin, rascándose la cabeza— Bien, el siguiente paso es entrevistar al novio y otras personas cercanas. Encárguense de trasmitir la noticia a sus familiares, yo me encargaré del interrogatorio mañana.

—     Sí, mi coronel.

—     Por ahora he de descansar, es tarde y me siento cansado.

Efectivamente, eran las dos de la mañana. El asesinato, calculaba, se había hecho entre las 11 y las 11:30. Pues alguien de la cuadra vecina había alertado de haber escuchado un ruido extraño. Se sentía un poco ensimismado, el sueño era bueno para organizar sus pensamientos. El viejo detective se dirigió  a su casa y, apenas tocó la cama, cayó inmerso en un sueño de ángeles que se rebelaban contra el cielo, como aquellos que describía Milton, con enormes alas emplumadas.

Al otro día se levantó, desayunó una tostada seca y se tomó un tinto cargado. Tenía un día duro por delante. Cuando llegó a la comisaría ya lo esperaban allí tres sospechosos, que habían sido especialmente conducidos hacia la jefatura por el caso. Además de una madre que, desconsolada, pedía justicia. El primero era, desde luego, su novio Alexander. Marvin sabía que en la mayoría de los casos, lo normal era que el amante, novio u esposo fuera el asesino, los motivos pasionales eran la causa más común de homicidios. El segundo sospechoso era un amigo de la universidad que solía venderle libros de segunda llamado Joaquín y por último una chica pelirroja, al parecer una antigua amiga y ahora rival, que no le perdonaba que se hubiera metido con Alexander, de quien en secreto estaba enamorada. El detective Marvin suspiró, tenía un largo día por delante.

El primer interrogatorio no arrojó muchos resultados. Alexander dijo que llevaba tan solo tres meses saliendo con Selena. Adujo que no eran novios oficialmente, que de vez en cuando dormía en su casa y que la noticia lo había dejado perplejo. Dijo que tenía una buena relación con Selena y que la quería mucho. Lo que sorprendió al detective fue constatar que Alexander se mostró extrañado cuando le mencionó la caja con la libélula y dijo no ser él quien le había otorgado ese regalo. Marvin le preguntó que si sospechaba quién pudiera ser, pero Alexander, algo contrariado, le dijo que no sabía, que Selena tenía pocos amigos. Uno era Joaquín, pero claramente su nombre no empezaba por a. Quizás fuera el regalo de algún exnovio o examante pensó Marvin, pero el mismo aún no entendía su obsesión con aquella libélula. Tal vez solo fuera un detalle circunstancial, pero, ¿por qué escuchaba tan fuertemente el sonido de los aleteos en su mente?

—        ­¿Le gustaban a Selena las libélulas?

—         No especialmente

—       ¿Peleaban mucho? Le recuerdo que debe decirme la verdad

—       ¡No! Al contrario, pasábamos buenos momentos: salíamos a bailar, veíamos peli, hacíamos el amor, ya sabe, lo que hacen todos los buenos amantes.

—       ¿Y dónde estaba exactamente anoche?

—      Quedé con Carlos y Miguel para tomarme unas cervezas. Selena sabía. Suelo ir allá varias veces al mes, soy un parroquiano habitual. Me gusta relajarme luego de una larga jornada de trabajo. Nos quedamos hablando del último clásico entre el Real y el Barcelona.

El novio tenía, al parecer, una buena cuartada. Incluso en el bar reafirmaron lo dicho. Era un tipo bastante común, a su parecer. Marvin iba a entrevistar a Joaquín, pero la chica pelirroja insistió en ser entrevista primero, mirando con desprecio al detective, pues según ella tenía mucho trabajo. Marvin conocía muy bien ese tipo de mujeres, chicas que les gustaba llamar la atención, que subían cientos de fotos a las redes sociales con la misma pose insulsa. Se presentó como Jimena. Desde el principio le molestó la actitud de la mujer, pero decidió que aquello no influenciaría en su criterio a la hora de analizar el caso. Le preguntó dónde se encontraba la noche del crimen, la chica pelirroja argumentó que trabajando.

—       ¿Trabaja en qué?

—       En un call center nocturno. Soy muy solicitada, ¿sabe? Los clientes aman escucharme. Aunque mi trabajo es muy aburrido. Me gustaría algún día ser modelo.

—      ¿con qué call center eh?

—       Es verdad, mi teniente- dijo un oficial- lo hemos comprobado

La mujer pelirroja le sonrió con displicencia.

—      Ve, se lo dije. Debería creer más. Quizás le empiece a ir mejor y el universo conspire por usted. Yo creo en el tantra, yoga, Wicca, horóscopo, tarot, ¿todo mueve energías sabe?

—       ¿Le tenía rabia a la víctima verdad?

—        Tal vez, ¡Era una engreída! ¡Mi Nenis la odiaba!

—        ¿Quién es la nenis?

—        Mi perrita pincher, es un amoris, ¿sabe?

—        Pues, no me termino de creer su cuartada…

—       Crea lo que quiera, tanto como cree en esa fea corbata con bolitas que lleva en el cuello.

El detective pudo confirmar que detestaba a la víctima, pero que ella nunca se atrevería a matar ni una mosca. De hecho, se mostró defensora de la vida, sobre todo animal. Y sus diálogos dieron cuenta de una escasa inteligencia que, en definitiva, no coincidía con el perfil del asesino, quien actuó muy inteligentemente para cometer el homicidio.

—       ¡Exijo un abogado! Y por favor, tráiganme un té de manzanilla. Dígale a sus empleaduchos. Hace un calor horrible. Podría estar hablando con Miguelito ahora mismo. Seguro quiere invitarme a bailar esta noche ¡Y yo aquí! ¡Qué horrible!

Marvin la despachó, tomó un poco de aire, y se propuso a entrevistar el tercer testigo. Joaquín entró tranquilo. Era un chico de gafas, abrigo gris y mirada perdida. Cargaba un libro de Dostoievski en sus manos. Saludó torpemente y entró a la sala de interrogatorios. Marvin le preguntó por su relación con la víctima. Joaquín dijo ser simplemente un compañero de trabajo de la facultad, donde ejercía como docente. Dijo que hablaba, de vez en cuando, en los descansos con ella. Pero que sus conversaciones eran en su mayoría sobre política y literatura. También confirmó que efectivamente le vendía libros a la víctima, que importaba de otros países por internet.

—       ¿Dónde se encontraba la noche del homicidio?

—       Leyendo

—       ¿Qué cosa?

—       Dostoievski

—       ¿tiene alguien que lo confirme?

—       No

—       ¿tiene algún sentimiento hacia la víctima?

—       No

—       Describa su relación con la víctima

—       Compañeros

—       ¿Conoce a alguien que odiara a la víctima?

—       No

—       ¿Cuándo fue la última vez que vio a la víctima?

—       Dos semanas

—       ¿Le dijo algo sospechoso en aquel entonces?

—       No

Marvin se estaba desesperando con aquel diálogo de monosílabos. Joaquín era un hombre de pocas palabras y no parecía que el temor o la intimidación funcionará. Su cuartada era la más floja, pero se dio cuenta que no extraería más información de aquel sujeto, así que terminó con el interrogatorio.

Por ahora dejó ir a los tres sospechosos. Tendría que recolectar más pruebas si quería tener las bases suficientes para ordenar la captura de alguno. A Marvin no sé le ocurría por dónde empezar. Se encontraba inmerso en un desierto, con pocas pistas y un sol que, cada segundo, le irritaba con más fuerza. Decidió mandar a su ayudante a que se dirigiera a la universidad y entrevistará a los demás profesores, pero sospechaba que no encontraría mucha información. Luego de pensar un rato decidió a ir a un bar del centro, en la noche, donde solía ir la victima los fines de semana. Cuando llegó y abrió la puerta, lo primero que entró por sus oídos fue una canción de jazz. Al fondo, una mujer, en un crescendo estallaba y su voz evocaba una tarde de lluvia en octubre. Reconoció en aquella voz melancólica a Ella Fitzgerald. El detective suspiró. Entrevistó primero al barman, un tipo simpático que hablaba sobre ovnis y conspiraciones, incluso en relación con el asesinato. Y luego entrevistó algunos parroquianos que no supieron darle ninguna información.

—      ­­­­­­­­­­Usted camina por este chiquero como un náufrago en una isla­— le gritó un hombre al fondo, recostado, con una botella de ron.

—       No entiendo- dijo Marvin, mirando molesto

—       Buscando algo de comida, pero no encontrara…Ya se la llevaron los buitres.

—       No tengo tiempo para borrachos.

—     Ah… ¿Y si le digo que había un hombre? Que miraba a Selene cada vez que venía, atentamente, desde las sombras

Marvin se quedó sin palabras. Le había tomado por sorpresa. Decidió escuchar, pero recibir la información con cautela.

—         ¿Ah sí? ¿cómo es eso?

—      ­Aquí se paraba. El hombre con el prendedor de libélula. La miraba desde las sombras, atentamente, escondido detrás de un libro.

—        ¿Quién?

—       No lo sé. Un tipo de pocas palabras. Siempre atento— dijo riéndose—, muy atento, se ve que le gustaba ese culazoo. Era un cazador de culos seguro.

El detective se acercó al sujeto, chocó sus manos contra la mesa, y mirándole fijamente a los ojos le dijo:

—        No tengo tiempo para las tonterías de un borracho. Si tiene información dígalo ahora. O sino me veré obligado a incluirlo en mi lista de sospechosos.

—        Usted no me intimida señor detective­— dijo el borracho— usted no es más que polvo. Polvo que camina y simula ser hombre. Pero solo polvo.

—       Me voy-—Dijo Marvin molesto.

—       Solo le daré una pista- dijo el borracho coqueto- ya que insiste. El hombre siempre llevaba un libro en la mano, de mi colega, otro gran ebrio, pero genio a su vez, de San Petesburgo.

—       Un ruso…

Marvin reflexionó un breve momento, pero no le costó mucho hacer la asociación. ¡Dostoievski! ¡Joaquín! Sí. Aquel mentiroso. No tenía la menor duda. Era él: el hombre de la libélula. Pero sabía que una referencia literaria no era suficiente para establecer una acusación sólida. Necesitaba más pistas. Su siguiente paso debía ser una jugada arriesgada. Como cuando pones la reina, como carne de cañón, en el ajedrez. Decidió entrar en la casa de Joaquín, conseguir una orden para poder entrar era un tramite engorroso, así que decidió esperar pacientemente a que se diera la oportunidad. Se dirigió a la residencia del sospechoso, que habitaba en un edificio oculto en una esquina del centro de la ciudad. Decidió que pasaría algunas tardes esperando a que el sospechoso desocupará la vivienda para poder entrar. Así pasó mucho tiempo entre café y algunos roscones dulces que eran sus favoritos. Pero el sospechoso no se atrevía a salir. ¿Qué era? ¿alguna suerte de ermitaño?

Luego de algunas semanas llegó al fin el momento que estaba esperando. Joaquín salió apresuradamente del edificio, alcanzó a percibir un gesto de preocupación en su rostro. Marvin salió de su vehículo y entró. Ya hace unos días se había gestionado una cuartada con una de las vecinas de Joaquín, quien le dio entrada y le permitió pasar del portero. Llegó a la puerta y la abrió, tantos años de perseguir asesinos y ladrones le había permitido aprender algunas de sus técnicas. El apartamento empezaba con un largo pasillo, decidió no prender las luces para no despertar sospechas y se defendió con la linterna de su celular. Luego había una sala sencilla, con una habitación. En la sala había un cuadro que emulaba el tríptico del jardín de las delicias de El Bosco y un solo mueble que, solitario y desgastado, daba una sensación de desasosiego. Entró a la habitación y abrió los ojos de par en par. Marvin se llevó una gran sorpresa.

La alcoba estaba llena de fotografías de Selena: Selena leyendo en el parque, Selena caminando, Selena cocinando, Selena sonríe mirando el mar, Selena tomándo un coctel de camarones, Selena haciendo una mueca de desafío, Selena dictando clase en la universidad, Selena en traje de baño, Selena mirando las estrellas recostada en una colina, y otras más. Marvin dudaba que él hubiera tomado las fotos, probablemente las había bajado de su Instagram o su Facebook. Pero lo más perturbador que encontró fue un cuadro, de una mujer parecida a Selena, sin ojos, tan sólo sus cuencas profundas y oscuras, como el abismo. Ya no tenía la menor duda: era la prueba final que necesitaba. Tomó algunas fotos y registros y salió apresuradamente. Tenía todo el material necesario para gestionar una orden de captura. Aquel hombre debía pagar caro su osadía y su obsesión, para el detective aquellos locos bien merecían estar encerrados en frías celdas acompañados tan solo por las ratas y los grillos.

Salió de la habitación y se dirigió a la inspección, no le fue difícil conseguir una orden de captura. Se dirigió de nuevo a la casa de Joaquín con algunos hombres, llegaron justo en ese momento que el sospechoso retornaba a su hogar. Al ver al detective supo inmediatamente que había sido descubierto su pequeño secreto. Aterrado, decidió correr y se metió a un estrecho callejón. El detective levantó su arma e inmediatamente lo persiguió. Le tocó esquivar canecas, costales de basura y tuberías. Joaquín logró subirse a una reja. El detective le apuntó con su arma y le ordenó detenerse, pero el sospechoso logró subir al otro lado. Maldijo e hizo lo mismo, se montó a la reja. La persecución siguió a través de pequeños callejones que parecían no terminarse nunca. Justo cuando creía que no aguantaría más llegaron a una pared sin salida. Joaquín había sido acorralado. Viendo que no tenía posibilidad levantó las manos y Marvin le apuntó con su arma. “Me entrego, pero han de saber que soy inocente. Solo estaba enamorado, jamás le hubiera tocado un pelo…” “Eso ya lo decidiremos nosotros” Le respondió Marvin.

Joaquín fue transportado a la comisaría donde fue encerrado. El detective Marvin procedió a hacer algunos informes y detalles adicionales antes de interrogarlo de nuevo. Luego de un rato preparó una taza de café bien negro, como le gustaba y abrió la puerta de la habitación de interrogatorios

—     Quiero preguntarle: ¿Por qué no fue sincero conmigo la anterior vez?

—     No sé de qué me habla

—     O sí que lo sabe: las fotografías en su habitación, los ojos cortados, una obsesión enferma, todo le delata Joaquín, no puede ocultar lo evidente- dijo el detective tomando un sorbo de café

—     Hasta donde sé, entrar en un apartamento sin orden es una violación a la propiedad privada

—     No está en condiciones de reclamar. Responda la pregunta. ¿Por qué no fue sincero?

—     Por qué me avergüenza, me atormenta, me duele…- dijo efusivo- ¿es lo que quiere saber verdad?

—     Estaba muy enamorado de Selena, ¿verdad?

—     Sí. Yo la amaba. En verdad. No como el idiota de Alexander…su muerte me conmovió terriblemente. Llevo días sin salir. Encerrado en la habitación. Intentando capturar algo de su recuerdo en algunas líneas.

—     ¿Sentía celos o envidia?

—     Sí, pero no de ella, de él. Él no la merecía. Era una mujer única. Movía sus brazos y era como ver un par de alas. Sus palabras quedaban como ecos en la piel. Yo sólo podía mirarla y escucharla obnubilado cuando la veía en la universidad. Era como estar frente a una presencia sagrada.

—     Claramente lo veo, montó usted un templo en su casa en su honor. Además le cortó sus ojos…

—     Ah eso…Sí. Corté los ojos del cuadro. ¿Yo mismo lo pinté sabe? Un día que ella estaba en mi casa. Los recorté luego de su muerte. Duermo con ellos todos los días. Me gusta pensar que me mira donde quiera que esté. Que aún puede parpadear cuando le hablo sobre Dostoievski o Kafka y mover sus ojos con esa coquetería tan propia, tan efusiva, tan tonta…

Al decir esto Joaquín no aguantó, se puso las manos en la cara y rompió a llorar. Toda la máscara de fuerza que hasta ese momento había mostrado ante el detective se derrumbó.

—     Bien, ya hablaremos luego Joaquín— Dijo el detective parándose. Ya había escuchado todo lo que necesitaba.



Marvin salió de la sala de interrogatorios. Estaba cansado. Sentía que sus hombros se iban hacía el piso. No pudo menos que sentir lástima por aquel hombre enamorado, pero a su vez, si era culpable, debía pagar por su obsesión malsana. Sin embargo, ¿Por qué había algo que en el fondo no le cuadraba? ¿Por qué sentía que había olvidado algo importante? Se dirigió a su casa caminando, tenía la cabeza invadida de nubes negras. No más entrar, lo recibió Stim, su fiel canino, un Huskee juguetón. Lo acarició, le dio comida, se quitó la chaqueta y se fue directo a su cama. Miraba el techo pensativo. A pesar del cansancio le costó conciliar el sueño, pero luego de un rato los parpados se fueron cerrando lentamente. Afuera, en las calles cercanas, un farol, luego de un breve parpadeo, se extinguía en silencio.

Se vio así mismo de repente en una suerte de paramo habitado por frailejones, cocuyos y libélulas. Era de noche y lo único que se escuchaba era la serenata de los grillos y el paso cansado del viento. El suelo estaba húmedo y pantanoso. Se desplazó a través de la hierba y se acercó a un pequeño estanque. Recogió un poco de agua con sus manos y se la echo sobre el rostro, pensando quizás que efectivamente se encontraba en un sueño y deseaba despertar, pero no funcionó. Se paró y miró a los alrededores buscando entender. Las estrellas seguían en su mismo sitio. Intentó buscar lo diferente, lo que no encajaba, pero justo en ese momento la respuesta llegó sola. Al estanque llegaban una multitud de libélulas que, poco a poco, iniciaron una danza que, pensó Marvin, era la misma de los rituales de apareamiento. Eran demasiadas libélulas y, pasados unos minutos, era difícil caminar o movilizarse.

Pero lo que más llamó la atención al detective fue una libélula que tenía cinco veces el tamaño de una libélula normal. Estaba en todo el centro y las demás libélulas evitaban tocarla y parecían rendirle una suerte de respeto sagrado. No pudo evitar sentirse atraído por su presencia. El mismo Marvin parecía tentado a dejarse llevar y unirse al baile. Así pensaba hacer, cuando de repente sopló una brisa muy fuerte y de repente un pájaro, de enormes proporciones, se asentó muy cerca. Era un pájaro negro, tan negro como la cúpula del cielo. El pájaro se acercó lentamente y luego en un ágil vuelo logro acercarse a la gran libélula y meterla en sus fauces. Un grito terrible se escuchó en el cielo. Un grito que parecía no provenir de este mundo. Las demás libélulas se dispersaron. Una sombra se extendió sobre el páramo. El detective no pudo moverse y se entregó a aquel abismo insondable.

Se despertó sudando. Y entonces comprendió. Se lavó los dientes rápidamente, el sol apenas estaba saliendo entre las montañas. Se puso el abrigo y salió disparado hacia la calle. El destino: la escena del crimen. Al llegar entró a la biblioteca, los objetos claves habían sido desalojados, pero los libros continuaban allí esperando un lector que tal vez nunca llegaría. Marvín estudió de nuevo los títulos, sabía que no podía haberlo olvidado, aquel título que había evocado su sueño. Allí estaba, con la misma página, un libro con una caratula con un pájaro oscuro y terrible. No era un cuervo. Era un pájaro aún más aterrador. Leyó el título: el obsceno pájaro de la noche, del escritor José Donoso. No lo conocía. La contraportada hablaba de un escritor chileno. Decidió abrir sus páginas. En la primera página había un pájaro comiéndose a una libélula. Y tenía una nota:

“A mí también,

Como en este libro,

Me habitan los monstruos,

Se agitan por las noches,

Y caminan los senderos de mi mente,

Buscando una grieta,

Buscando una pizca de sentido,

En esta existencia tan agobiante,

Cuando tú no estás para abrazarme

Para recordarme aquella dulzura

Inherente al olvido                                                                                                                                                             

Att. Ana J.

PSD: Tú eres la libélula, déjame danzar contigo, en la noche, una vez más”



¿Ana? ¿A.? ¿J.? Ahora todo tenía sentido. Salió corriendo de aquel lugar. Tenía a su asesino y debía capturarlo antes de que fuera demasiado tarde. Hizo una llamada a la estación pidiendo algunos refuerzos y tomó un taxi que lo llevará rápido. Mientras el vehículo se movía, a través de una ciudad invadida de trancones y méndigos, trató de entender cómo ella lo había engañado y más aún, se asustó, porque entendió que, por primera vez en mucho tiempo no logró leer el rostro de una persona. Así llegó a esa extraña esquina de la ciudad, cerca a un parque y un cementerio. Se bajo del taxi y se acercó al edificio de apartamentos. El portero le dijo que ella no estaba. Mostró su identificación como policía y le fue otorgado el acceso inmediato. Subió a toda prisa las escaleras, con miedo de que aquel pájaro, escapase por las ventanas.

Tocó la puerta. No encontrando respuesta decidió usar la fuerza para abrirla. Un par de golpes fuertes y la puerta cedió. Entró a una casa muy organizada, en un orden inquietante. Buscó en la habitación central. Se sorprendió con lo que encontró allí. Había rascacielos de libros allí y sobre la pared un poster gigante de Pink Floyd. No entendía. Aquella chica cuando la conoció se había mostrado como alguien artificial, vacío y de una vida carente de reflexiones profundas. Pero ahora se le revelaba otra mujer muy diferente, con un pensamiento complejo. Lo peor era constatar que, efectivamente, ella no se encontraba en el apartamento. ¿Dónde podía estar? Le pareció recordar que tenía un perro, tal vez estuviera cerca paseándolo. Decidió salir del edificio y probar suerte por si la encontraba en los alrededores.

Y la vio allí, parada en el parque, con su perro, mirando como perdida el horizonte. Los ojos abiertos de par en par, como si tuviera una revelación. Vestía diferente: tenía un vestido negro, en su mano derecha aquel mismo libro de Dostoievski, en la izquierda el lazo del perro. Marvin se acercó despacio y  sujetó con su mano izquierda la pistola.

—       ­Bueno, supongo que el juego ha terminado— dijo Jimena

—      Ha jugado usted muy bien su papel— dijo el detective— sería capaz de engañar al mismísimo diablo.

—       Sí, pero me ha encontrado. Y eso me sorprende. Creí no haber dejado ningún cabo suelto.

—       Sus pasiones, la literatura la traicionó. A veces dejamos un par de palabras que olvidamos con el tiempo…

—       Sí. Puede ser. Yo la amaba, ¿sabe?

—       ¿Por qué la mató entonces?

—       Era necesario- dijo la chica mirándole fijamente- ¿Qué sigue ahora?

—       Será usted detenida y un juzgado determinará su condena.

—       Está bien

—       ¿cómo puede estar tan tranquila?

—      Esta no fue una decisión precipitada detective, conocía los riesgos. Hay muertes necesarias que traen aires de liberación. Su caída fue el precio que pague, antes de que mi mente cayera en la locura. Su presencia en esta realidad, que usted y yo habitamos detective, era inaceptable, como un color rojizo que no combina con el resto del lienzo.

El detective no le respondió. Simplemente la apresó y la condujo a su carro. En ese momento llegaron los refuerzos. Pero la mujer no opuso ninguna resistencia y fue conducida al vehículo. Marvin se preguntó por la brevedad de la vida, por aquella fuerza que motiva a apretar el gatillo y condenarse. De alguna manera sentía empatía por la asesina, y saberlo, era algo que le atormentaba. Abrió sus manos, intentó rastrear en aquellas líneas algo de ese instinto que le conformaba. Cerró los ojos y por un momento entendió que tal vez él, al igual que Jimena, no danzaba en los estanques, era del pueblo de los pájaros.





jueves, 1 de febrero de 2018

El Instrumento del Diablo




Amarró la mula al poste y se limpió un poco las alpargatas llenas de tierra. Había sido una jornada larga y deseaba algo de comida y de aguardiente Descargó el par de costales, que contenía una valiosa carga procedente de las Minas del Zancudo, y la guardó en la bodega. La fonda estaba abarrotada ese día, habitada por arrieros, campesinos y prostitutas. El licor fluía de un lado al otro de las mesas y la música, algunos pasillos, coplas y bambucos, distraía a los arrieros, allí presentes, de las penurias de su cotidianidad. Juan María tomó asiento en una de las esquinas. No estaba de humor para la compañía, sólo deseaba comer y descansar. Pidió frijoles con arepa de mote y se los devoró al instante. Aunque solía comer poco en la noche, ese día tenía el hambre de una guacharaca perdida en el páramo.  Miró detenidamente una fotografía desgastada de una mujer y una niña, la acarició con cariño. Se dispuso a dirigirse a la habitación que le habían asignado, pero algo interrumpió su decisión: un hombre de bigote refinado, sombrero y, algo flacuchento para ser un arriero, se montó al escenario y sacó un tiple. Robusto, con sus 12 cuerdas, y su presencia inquietante.

Juan María quería ver lo que sucedería a continuación. El silencio se apoderó del recinto. El hombre empezó a tocar suavemente el instrumento, intentando con aquella caricia robarle algunos ritmos secretos. Pero el instrumento se negaba a ayudarle. El resultado era una disfonía, una voz que no se articulaba con el instrumento, un abismo donde rebotaban las piedras. Una prostituta, furiosa, se paró y entre gritos y groserías de alto calibre, le reclamó al arriero que se bajará del escenario. Otra, entre risas, conversando con un sujeto bonachón, le dijo que le recordaba los gritos de la Marcelita, su compañera, en aquellas noches de amor barato. El hombre no se resignaba a perder el control y a mostrar que dominaba el tiple como el mejor. Su rostro sudaba, sus piernas temblaban. Sus dedos se encendieron y por un momento parecía como si fueran cinco llamas vibrando con las cuerdas. Pero aun así fue inútil. El instrumento se negaba a hablarle. Exhausto cayó desmayado en el escenario. Una mujer exclamó con preocupación y se llevó la mano al rostro. Dos arrieros y el dueño de la fonda se acercaron, lo cargaron y lo retiraron.

El ánimo empezó a decaer y las conversaciones se volvieron susurros con palabras malsonantes. Juan María, sin prestar atención, se paró de su asiento y miró a la concurrencia. Su mirada era estoica, en sus ojos no había fuego, sino unas cuantas palabras que armaban los retazos de una tragedia inenarrable. Se acercó al tiple y lo tomó entre sus brazos. Lo acarició con cariño. Luego dijo unas palabras inentendibles. Todos estaban a la expectativa. Desgarró dos primeras notas, decidió probar primero cuales eran las reglas de juego que el instrumento le imponía. Al principio solo salieron algunos sonidos torpes, que los arrieros y prostitutas tomaron por ignorancia en la técnica y se burlaron de nuevo. Pero Juan María estaba decidido y su mano volvió a acariciar al tiple, intentó seducirlo, tocar sus caderas, sus curvas femeninas. Recorrer un cuerpo de madera de encenillo para encontrar sus puntos sensibles.

Alguna vez le había dicho a su hija que el tiple era el instrumento del diablo y que no debía acercarse bajo ninguna circunstancia. Hoy él pasaba la línea. Necesitaba hacerlo. Era el momento que, en sus sueños, se aparecía bajo la forma de un ataúd custodiado por cuatro gallinazos. La música era la vida, que triunfaba sobre el silencio.  Y aconteció que el local se llenó de nuevos parroquianos porque las notas, poco a poco, seducían con su tonada. El bambuco, aunque alegre, desgarraba las paredes y el aguardiante sabía más amargo, era la cachetada de la nigua que aparecía en la más terrible noche. Los comensales se quedaron callados, nadie habló, sólo la música del tiple hablaba y lo que contaba era una tragedia, un abismo, una historia de montañas y riachuelos que se marchitan bajo la luz del sol. Hubo algunas lágrimas. Alguna exclamaciones de admiración. Pero, ante todo, cuando Juan María soltó las cuerdas el local se llenó de aplausos y felicitaciones por su admirable interpretación. El arriero miró al cielo y levantó las manos como intentando agarrar la luz intermitente de la lámpara que, torpe, colgaba del techo, rodeada de zancudos y vientos inconclusos.

     He cumplido mi palabra.

El arriero se retiró del escenario y, a pesar de las invitaciones de algunos compadres a que bebiera con ellos, el juglar de las montañas se retiró a su habitación. El resto de la noche se la pasaron hablando de aquel misterioso personaje, tan lacónico y taciturno. Algunos dijeron que lo habían visto arriando una mulada por un despeñadero peligroso en el cañón del Cauca, otros que lo habían observado batirse a peinilla con tres bandidos en un sendero inhóspito cercano a Riosucío. Como fuera todos tenían alguna historia que contar que se ubicaba en los terrenos entre el mito y lo real. La imagen del arriero tocando el tiple había quedado grabada en la mente de todos y se evocaba con cierto nerviosismo como si se hubiera profanado con la música un espacio sagrado. Los susurros se escucharon hasta la madrugada, cuando un gallo cojo y tuerto, anunció el fin del ritual nocturno.

Nadie vio salir al arriero misterioso. Cuando unos pocos comensales preguntaron por su paradero, el posadero dio a entender que aquel hombre había partido muy temprano, como un fantasma, por la puerta trasera. Nadie lo había visto partir, excepto un par de mulas, que bien callaban el secreto, adormecidas en los establos.


Durante una semana no se volvió a hablar del arriero y su tiple. Hasta que un día un hombre delgaducho, de sombrero roto y que repetía la palabras “¡Cómo le parece!” una y otra vez, trajo una particular noticia. Un arriero con un tiple roto había sido encontrado muerto a las orillas del Cauca, tenía los ojos abiertos de par en par, la boca torcida y una expresión en el rostro que señalaba que lo último que había visto debía lindar con un horror innombrable. A su lado, aquella foto de su hija, hundiéndose en el fango, expresaba la misma sonrisa, aunque, como si alguien la hubiese intervenido con una tijera, habían desaparecido sus ojos. La anciana que trapeaba en las mañanas, en medio de una suerte de débil epifanía, dijo: “¡Se los ha llevado el diablo!”

sábado, 1 de octubre de 2016

LA CABAÑA DE LAYO





Aquel lugar le pareció ajeno, igual que aquella brisa y aquellos pinos, no se parecían a lo que recordaba. Eran una vulgar caricatura de la evocación de su memoria.  Una pequeña hoja cayó en su mano. Intentó cerrar el puño y atraparla, pero, endeble, la hoja quedó fragmentada en múltiples pedazos. El viento hizo lo suyo y se llevó los restos. Se preguntó si había seguido las indicaciones oportunamente. Prendió su celular y revisó el GPS. Se había vuelto loco: según la aplicación se encontraba en Londres. Jacobo Calle se preguntó desde cuando Londres había cambiado el río Támesis por la quebrada la Miel, de mucho menor caudal y envergadura. Suspiró. La tecnología no le ayudaría esta vez. Tendría que fiarse de su instinto y este le decía que aquel era el lugar: una superficie infinita, una pradera con una hierba alta, habitada tan solo por algunos insectos, tres pinos y los ecos del riachuelo. Y aun así ¿por qué se le hacía tan extraño?

Jacobo tenía muchos motivos para querer volver después de tantos años. Sus recuerdos eran muy difusos. Pero había una sensación que permanecía: una cierta corriente eléctrica que se asemejaba a la felicidad, y a una sensación parecida a un ciclón interno.  Y quería entender el porqué. Sabía que de niño corría por aquellas praderas y jugaba con un perro labrador. Nunca supo de quién era el canino, pero se había convertido, rápidamente, en su mejor amigo. Establecer amistades era mucho más fácil cuando se es niño, el juego era el punto de encuentro; jugaban escondidijos, chucha, se perseguían y revolcaban en el pantano. Recordaba aún los lengüetazos y los regaños de su madre por jugar con ese “chandoso”. Sus padres habían tenido una finca por allí cerca, pero cuando las deudas aumentaron (y las malas inversiones de su padre también), se vieron obligados a deshacerse de la propiedad. Poco le importaban ya esas cosas a Jacobo. Su padre estaba ya cinco metros bajo tierra — hace poco había muerto, él había sido testigo y participe de su enfermedad terrible, de sus delirios nocturnos y su deceso que, al final, fue dado por una orden, una decisión necesaria— y él era tan solo un vestigio, o así lo había sentido, de una época que no volvería. Algo de estar allí no era más que un torpe intento de recuperar un poco de aquella magia que prometía el recuerdo.

Recorrió la pradera, tocó con sus dedos la hierba y la maleza, intentó conectarse con el lugar de su infancia. Cerró los ojos e intentó dejarse llevar. Nada, absolutamente nada. ¿Por qué las cosas no suceden como en las películas? Tener un flash back de repente y recordar a sus padres, a sus abuelos, a sus viejos amigos. No recordaba nada. Era frustrante. Se acercó al viejo pino. Sus días de verdor habían pasado. Ahora estaba desgastado y lleno de melenas blancas. Lo tocó, lo acarició, intentando encontrar en él un interlocutor, alguien que le contará el relato del pasado. El árbol no habló. Ni ningún elemento de aquel lugar. Pateó con rabia una roca que fue, justo a estrellarse, contra el riachuelo, provocando un efecto de sapito. Se acercó al riachuelo y se mojó la cara. El agua, fresca, le calmó un poco y le recordó, un poco, la razón, por la que había venido. Su pasado debía ser claro como esa agua, estaba cansado de los ciclones y los vórtices. Recordó las palabras de su padre en los últimos días: “Quiero volver a mi pequeña cabaña, sólo allí puedo encontrar la tranquilidad, un poco de agua cristalina para mi alma. ¡Llévame hijo! Te lo pido hoy más que nunca”. Se preguntó si su viejo se había limpiado su rostro firme, sin fisuras, alguna vez con agua del riachuelo.

Escuchó de repente un ladrido. Volteó la cabeza. Era el perro, su viejo amigo, el labrador marrón. Miró sorprendido, no había envejecido ni un ápice, era igual que en sus recuerdos. Se acercó lentamente y lo observó por un momento. El perro abrió sus ojos y empezó a mover su cola juguetonamente. Su lengua, babosa, salía de su hocico como una promesa de amor canino. Luego de pensar detenidamente, se dijo a sí mismo que era imposible, no podía ser, es más, el perro debía estar muerto (o mínimamente sería un costal de carne y pelos que no podría levantarse de la entrada de su casa). Decidió que debía ser un perro de otra de las fincas o casas del sector, no obstante el parecido con el amigo de su infancia era asombroso, era casi una calca exacta, un clon melenudo. El labrador se acerca y le lame su mano, luego corrió en círculos, parecía buscar algo de juego. No pudo evitar sonreír. Se preguntaba cómo podían estar los caninos siempre tan alegres. Luego el perro recogió una rama seca de la tierra y, con ella en la boca, extiendió su pata hacia sus piernas. Jacobo lo acarició y se unió al ritual. Le quitó, tirando con un poco de fuerza, la rama y empezó a agitarla en el aire. El labrador, sin nombre, se entusiasmó y brincó desesperado por alcanzar el anhelado premio. Jacobo la lanzó, lejos, para que el perro la busque y quizás, con algo de suerte, encuentre también las cenizas de su pasado.

El labrador no se demoró en volver triunfante con la rama en la boca. Quiere que se la lance de nuevo. Jacobo lo hace, no lo pensó dos veces. El perro corre por la rama de nuevo. La trae, pero esta vez la deposita en el suelo y guarda su lengua. De repente su expresión alegre ha desaparecido.  Se dirigió al riachuelo. Jacobo decidió dejarlo ir. Pero cuando el perro llegó a la orilla se quedó observándolo detenidamente, le ladró con fuerza y movió su hocico de una manera extraña. Parecía una clara invitación a que le siguiera. Jacobo suspiró y se rascó la espalda. ¿Qué más podría perder? Este lugar se le hacía, increíblemente, ajeno. El perro era su única conexión. Quizás lo llevará a otro lugar más agradable que implicara que aquel viaje había valido la pena.

El perro cruzó el riachuelo por un pequeño tronco, Jacobo lo hizo igual. Luego siguieron a través de un sendero entre los matorrales. El camino seguía y seguía y cada vez aparecía más vegetación: algunos árboles, insectos y uno que otro pájaro. Un barranquero, envalentonado y posado sobre una rama de un abedul, emitía su llamado al caos primigenio.  El sendero de rocas, era como el que habían recorrido los antiguos arrieros, llevando costales cargados de café y alguna que otra piedra preciosa. Jacobo no se sentía un arriero y cada vez se sentía más perdido. Tener el GPS malo no ayudaba en lo absoluto. El labrador, sin embargo, seguía su camino seguro e insistía en que lo siguiera, así que aceleró un poco el paso. Cada vez cambiaba más el paisaje, y la vegetación se iba tornando más abundante y portentosa: Flores de todos los colores, margaritas, jacintos y orquídeas; uno que otro petirrojo, azulejo y colibrí, y árboles cada vez más altos, con una cima inalcanzable; Y al fondo, de repente, un ruido extraño. Era como el lamento de alguna bestia. Jacobo no recordaba haberlo escuchado nunca, le desagradó profundamente. Rompía con aquella normalidad “natural” que proponía el paisaje. “Perro loco, ¿a dónde me llevas?” preguntó, pero no hubo respuesta.

El lamento sonaba intempestivamente cada cierto tiempo, cada vez más fuerte. A Jacobo le daba mala espina, pero también la curiosidad lo invadía. Cuando decidió que era mejor regresar el lamento se silenció. Quizás sólo había sido su imaginación. Decidió que solo seguiría al perro unos quince minutos más, sino regresaría al carro y volvería a su casa. También era cierto que, a medida que se internaba más en el sendero, la luz del sol, a pesar de estar en pleno día, entraba con menos fuerza por las ramas de los árboles. Daba la impresión de encontrarse en una suerte de ocaso sempiterno, que todo lo abarcaba. Intentó llamar al labrador para que se detuviera, para volver de nuevo a la seguridad del arroyo y del terreno conocido. Pero el perro solo sacudía la cabeza, con alegría, su invitación a que le siguiera permanecía. Parecía desesperado por enseñarle algo. Jacobo le siguió por aquel sendero. No entendía porque lo hacía tampoco. ¿Una esperanza tal vez? El perro podría traer algo desde su lejana infancia.

Pronto el sendero de empezó a anchar y llegaron a una cabaña protegida en sus límites por unas tablas flojas y carcomidas. No había mucha vegetación alrededor, era más bien una llanura reseca alimentada tan sólo por un árbol sin hojas, endeble y pequeño. En un extremo de la vivienda una cruz de madera denotaba, tal vez, la fe de los ocupantes. Jacobo no recordaba haber visto nunca ese lugar, sin embargo, al contrario que el riachuelo, este lugar se le hacía cercano, familiar. ¿Cómo podía pasar eso? ¿Estaba su memoria jugando con él? Se rascó la cabeza y, perdido, entrecerró y abrió los ojos, como buscando que el paisaje cambiara de repente. La cabaña seguía allí. El perro ansioso, al ver la puerta abierta, entró. Jacobo se dijo a sí mismo que tal vez los dueños del perro vivieran en el lugar. Aunque se preguntó quién podía vivir allí, en medio del bosque, abandonado de dios-civilización. Intentó llamar en voz alta,  pidiendo autorización para entrar, pero no hubo respuesta. Pensó que el dueño de la cabaña no debía estar en casa. Dudó un momento si debía entrar, pero la curiosidad, como una libélula coqueta, revoloteaba por su mente confusa.

Lo que vio, cuando entró, lo sacudió por completo. Todos sus sentidos se vieron afectados: sus ojos se abrieron de par en par como dos reflectores, su respiración se tornó agitada, sus manos empezaron a temblar, intentó gritar pero lo único que surgió de sus labios fue un lastimero “oh” que no lograba quebrar el silencio. En el piso, expandiéndose como un lago interminable, la sangre lo llenaba casi todo y se deslizaba por las aberturas de las tablas del suelo. En la pared, escrito en un violento carmesí, estaba la siguiente palabra: “LAYO”. Al fondo, una mujer embadurnada de sangre, recostaba en una esquina, devoraba un trozo de carne roja. Tenía el cabello negro y muy largo, sus ropas estaban completamente desgastadas, sucias y roídas. Al lado de la mujer un cadáver humano tenía el estómago abierto de par en par y las vísceras salían como flores sin pétalos hacia el exterior. El perro había desaparecido.

Jacobo no aguantó y vomitó. Vomitó como nunca. No sólo por la fuerte visión. No. Había algo allí que le hacía sentir que él tenía que ver con todo aquel paisaje macabro. Él era el elemento que faltaba en el cuadro. Aunque no era capaz de racionalizarlo del todo. Tenía que salir de allí. Pronto. Debía escapar. Intentó recuperar la compostura, abrir y cerrar los parpados varias veces para despertar. Entonces escuchó un grito, un grito terrible, surgido del fondo mismo del abismo. Un grito innombrable que sacudió sus cavernas auditivas. Se agachó y agarró su cabeza. Intentó taparse los oídos. Abrió los ojos. Era la bruja quien gritaba. En su mano derecha llevaba un largo y afilado cuchillo que antes no había detallado. Su mano izquierda se apretaba en un puño que reflejaba el peso de una decisión tomada.

Pretendió de nuevo levantarse, pero sus pies no le obedecían. La bruja se levantó y se acercó lentamente. Sus pasos, en la madera, tenían el ritmo de un tambor macabro. Debía escapar, levantarse y correr, lejos, muy lejos, de aquella mujer y sus ojos brotados. Pero seguía sin poder moverse. La bruja sonrió, y su sonrisa era terrible: evocaba una imagen oscura y turbia de su pasado, una tormenta que no estaba dispuesto a acoger en su cuerpo, ni en su piel. Empezó a silbar, su tonada le recordó alguna canción de su infancia, probablemente una de las tantas nanas que su madre le cantaba antes de ir a dormir. Intentó de nuevo moverse, pero sus músculos permanecían quietos frente a la melodía. Había perdido dominio sobre su propio cuerpo, le pertenecía ahora a ella y a aquella cabaña, o quizás siempre le había pertenecido y él no lo sabía.

La mujer estaba más cerca. Justo encima de él. Lo miró un momento detenidamente. Jacobo esperó la descarga del cuchillo sobre su piel. Pero eso no pasó. La bruja se sentó encima de su torso y acercó su rostro, sus miradas se cruzaron. Su semblante estaba más cerca y su ropa salpicada de sangre se unía a la suya.

     Por favor, no me haga nada…— imploró
     Yo. Yo no te haré nada— dijo la bruja en un susurro— Esto te lo has hecho vos mismo. Y cuando finalice nuestra conversación: tú mismo me pedirás que te clave el cuchillo.
     ¿Qué? ¿qué dices vieja loca? ¡Aléjate de mí!— exclamó confuso
     ¿No lo adivinas?— dijo y clavó el cuchillo en un costado, cerca a su brazo— Mira atentamente esta cabaña. ¿No te parece conocida?
     ¿De qué hablas? ¡Nunca he pisado este lugar en mi vida!
     ¿Seguro?

Jacobo miró a su alrededor. Se repitió de nuevo aquella sensación: a pesar de ser la primera vez que entraba en la cabaña, se le hacía un lugar tan cercano, tan íntimo. Hizo un esfuerzo por recordar, pero la niebla habitaba en los recintos de su memoria.

     No lo recordaras. Pero es algo que tu yo racional jamás podrá controlar y menos esa traviesa memoria que tienes— dijo la bruja aún encima de él y mirándole detenidamente—. Pero hoy se acaba el engaño, es hora de que baje el telón y los actores se quiten las máscaras.
     Yo…yo no necesito nada de eso— dijo aterrado, por alguna razón sus palabras le generaban una angustia peor que la de la amenaza del cuchillo— Por favor, déjeme ir.
     Lo que ves aquí está en lo profundo de las mazmorras de tu cuerpo y de tu mente. Pues eres un monstruo y, esto que ves, no es más que un pedazo de ese excremento que sale de tu boca, de tu ano, de tu ombligo y, desde luego, de tu mente
     No recuerdo haber consumido ninguna droga
     No se necesita ninguna droga. Has llegado a un punto terminal.

Hizo un último esfuerzo por zafarse pero su cuerpo no respondió. Recordó aquella sensación que había sentido ya, un par de veces, aquellas noches en que sufría parálisis de sueño. Era muy parecida, respirando, con los ojos abiertos y sin poder mover su cuerpo. Pero ahora no estaba en el mundo onírico. Aunque tampoco estaba muy convencido, ante el terror de  la bruja y el entorno lúgubre y marchito, de encontrarse en un lugar real. ¿Dónde estaba?

     La pregunta que te haces no es la correcta— dijo la bruja como si leyera su mente— Estoy seguro de que serás capaz de formular la pregunta exacta.
     Creo…sí…hay una más: ¿De quién es el cadáver de ese hombre?
     Muy bien— dijo la bruja riéndose—. Mucho mejor.

La bruja tomó el cuchillo y lo arrancó del suelo, lo pasó lentamente por su lengua, seductoramente. Le susurro unas pocas palabras en un idioma desconocido al oído y, posteriormente, se paró, despacio, dejándole libre. Luego se acercó a la ventana y, mirando fijamente algún punto fijo en aquel bosque desconocido, le dijo:

     Acércate y compruébalo tú mismo.

Su cuerpo al fin le respondió. Rápidamente se puso en pie. Era su oportunidad de escapar. Se acercó, sin pensarlo dos veces, corriendo a la puerta, tenía que salir de allí. Pero al llegar al umbral algo le detuvo, no era capaz de seguir. Sin embargo no había nada sobrenatural que se lo impidiese, más que su curiosidad por resolver el enigma. Tenía que ver el cuerpo de aquel hombre, quizás estaba allí, rodeado de sangre y vísceras, la respuesta que estaba buscando.

Volvió la cabeza para ver si la bruja lo había seguido, pero la mujer seguía parada mirando por la ventana. ¿Por qué no lo perseguía? ¿Por qué de repente ya no parecía una asesina demente? Todo su ser racional le decía que pusiera pies en polvorosa, pero aun así, por un instante, pudo más la curiosidad, el anhelo de una verdad esquiva. Decidido, sin mirar a la bruja, se dirigió hacia dónde se encontraba el cadáver. Cuando llegó no lo reconoció bien. El rostro estaba algo desfigurado. Pero entonces se acercó un poco más y, ante la inminencia de la revelación, no pudo evitar lanzar un grito. Un grito terrible que explotó en la pequeña cabaña y que se perdió en medio de la canción del viento en la noche.

Era su padre.

     No…
     ¿Ahora recuerdas?
     sí…
     Esta sangre, la bruja, el perro, la noche no son más que habitantes que pueblan tu ser múltiple. Y aquí está tu última deuda.
     Entonces, ¿Qué debo hacer?
     Tú ya lo sabes

Jacobo respiró profundamente y, sin pensarlo mucho, ordenó:


     Clávame el cuchillo